Parte I: De cómo se dieron las cosas
Su madre siempre le decía que a los canarios había que atenderlos diariamente. Pobres criaturas del señor, ellos no podían hacerlo solos, así le decía, una y otra vez, todos los días. Era imposible olvidarse. Pasaban los días, los meses, los años, y siempre repetía lo mismo. Parecía una letanía. Y lo peor de todo es que se le paraba al lado, pero bien al lado, y se lo decía casi al oído. Era desesperante.
Tan ensimismada estaba esa mañana que volcó el bebedero sobre la blusa que llevaba puesta. Con la mirada turbia comenzó a hacer pucheros justo en el momento en el que su madre se aproximaba, pero no iba a darle el gusto. Rápida giró, como pivotando en pelota al cesto, “yo era buenísima”, se dijo, y se dirigió a las jaulas. Su madre, con la boca abierta, la vio alejarse; esta vez no había podido.
Feliz con su pequeño triunfo rellenó los comederos y le guiñó un ojo al canario naranja. Convencida de que le había entendido, cuando el bicho se puso a gorjear, creyó que le estaba hablando.
-Nena, ¿ya atendiste a los demás? Mirá que no pueden hacerlo solos… -dijo la vieja, arrastrando los sonidos, además de las chancletas.
Olga Pietrantonio sintió una puntada en la nuca, acababan de arrojarle un dardo envenenado. A pesar de todos los recaudos que había tomado, no pudo evitar aquella frase que la mortificaba. Al darse vuelta con lentitud, vio que su madre sonreía burlona mientras se apantallaba con una revista. El emplumado pareció aprovechar la situación y arengar al resto a imitarlo, pues tímidamente comenzaron a piar. Uno a uno fueron sumándose, hasta que el canto se convirtió en un ruido ensordecedor. Olga se paró frente a las jaulas y, en actitud amenazante, los enfrentó con la manguera.
-No te atrevas… -susurró Gladys.
Aquello se había convertido en una contienda. El aire estaba cargado. Olga blandía el cilindro de goma como un fusil de guerra dispuesta a todo. Sin embargo, su madre no se quedaba atrás. Sus ojos vigilantes y la tensión de todo su cuerpo recordaban a una mamba a punto de atacar.
Entonces apareció Gregorio, el padre, cargando una bandeja con el termo, el mate y los bizcochitos de grasa del domingo y atravesó el fuego cruzado. Olga pensó en definir la situación de una vez y para siempre, pero al ver que su madre había perdido el interés y seguía los pasos de su marido como hipnotizada, revoleó el delantal sobre la jaula del canario naranja, restableciendo la calma.
Ya tendría su merecido desquite, era tan sólo cuestión de tiempo.
2
Lucía Cantón tenía una parva para corregir, nunca lograría
entender por qué daba tanta tarea a sus alumnos. Uno argumentaba haberse
enfermado, otro enfermaba al hermano, otra al tío, otra al abuelo, el menos
escrupuloso al hermano en camino; en
fin, siempre tenían motivos sobradamente fundados para no completarla.
Su enojo iba en aumento y no quería darle cabida.
El sol caía a plomo sobre la pileta de natación. Las plantas
habían reverdecido con las últimas lluvias. El jardín en pleno convocaba a
estar afuera. Lucía miraba desde la ventana y sentía su pecho oprimido. Deseaba
estar de vacaciones, disfrutar de su tiempo libre, caminar descalza sobre el
pasto, contemplar las plantas que había elegido con tanto esmero, olvidar las
planificaciones y todo lo que estuviera relacionado. ¿Quién la había hecho tan
obediente…? Y de repente se dio cuenta de que estaba sola. Su marido había
partido de viaje, como de costumbre, y sus dos hijos ya habían levantado vuelo.
¿Ante quién debería justificarse, entonces, quién podría levantar el dedo
acusador?
Tan rápido como le permitieron sus piernas, subió corriendo
las escaleras, sacó una bikini del cajón y se dirigió al baño. Al salir, estaba
enfundada en un turquesa que cegaba. Se miró al espejo e hizo una mueca. Sí,
había engordado, debía rebajar para usarla en público el mes próximo, aunque se
la iba a dejar puesta, se iba a tirar de cabeza como siempre, y bajó corriendo
las escaleras.
La visión de la mesa del comedor la hizo sentir culpable. Tomó
la taza de café y la llevó a la cocina, intentando contrarrestar el malestar.
Luego juntó lapiceras, lápiz, goma y sacapuntas, los guardó en la cartuchera y
arrojó un papel en el cesto. Se detuvo a observar lo que permanecía inalterado
y se sintió aún peor. Entonces, sacó todo de la cartuchera nuevamente y extrajo
la regla de su maletín para ponerla junto al resto. Con obsesión milimétrica
acomodó cada elemento mientras miraba de reojo el jardín. En el momento en el
que, finalmente, tomaba impulso para concretar su huida hacia el mundo exterior
sonó el teléfono. A regañadientes atendió, era su marido que había llamado para
preguntarle algo sin importancia desde no recordaba dónde. Lucía imaginó la
expresión reprobatoria de Roberto y, sin pensarlo más, se zambulló en la pileta
antes de arrepentirse.
3
La abogada tenía puesto un antifaz sobre los ojos para evitar
la luz del día, aún
permanecía atrapada por el entresueño.
-Cuando salgas, cerrá fuerte así queda trabada la puerta –dijo,
pero nadie contestó.
Esperó unos segundos y, al palmear el otro lado de la cama,
notó que estaba frío. No percibía sonido alguno ni en el baño, ni en la cocina,
ni en la entrada. Se levantó sorprendida una punta del antifaz, vio que el
cuarto estaba igual que la noche anterior e hizo memoria.
Había cenado en la casa de sus padres, su madre había probado
una receta que una amiga del bridge
le había pasado. La comida había estado bien, aunque el problema fue la
sobremesa: cada vez que iba, se le hacía más cuesta arriba remontar la
situación en los últimos tiempos. Después había desembarcado en el bar
irlandés, donde no había encontrado una sola cara familiar, algo que la puso de
peor humor. Mariana Benítez se preguntaba si tenía sentido seguir intentando,
pues los conocidos “potables”, según sus propias palabras, tenían pareja. Como
epílogo de una noche con demasiados altibajos, se dirigió, resignada, a la
cochera de su edificio.
El rubiecito de seguridad que estaba diariamente de 22 a 6
era buenmozo, joven, atlético y viril, todas cualidades que para Mariana eran
fundamentales. También eran importantes el nivel de instrucción, la ocupación y
el patrimonio, aunque eso calificaba en segundo lugar. Por un momento pensó en
seducirlo, pues eran más de las 4 de la madrugada. Lo imaginó haciendo unos
pasitos de baile y consideró la posibilidad de ir juntos un fin de semana a
alguna estancia o apart hotel de la
costa si el acercamiento prosperaba. Era una mujer libre, con recursos, con contactos, con inquietudes
y con mucha energía, podía darse ese gusto. ¡Hacía tanto que no se ilusionaba!
En realidad, no había transcurrido demasiado desde su último affaire, pero unos pocos meses eran para
Mariana lo que para otra mujer representaba el triple o el cuádruple de tiempo.
Sin embargo, su incipiente castillo de naipes se derrumbó del
mismo modo que aquellas casitas de paja y madera en el cuento de “Los tres
chanchitos”. Al ver al rubiecito con un palillo entre los dientes, ojeando el
diario, como si estuviera junto a la Pelopincho de su casa y no en pleno barrio
norte, la abogada concluyó que ese no era su día de suerte y decidió servirse
un whisky doble de inmediato. Eso sí,
sin hielo.