A Pinocho no le gustaba estar colgado, él quería jugar con
el resto de los juguetes. Sobre todo, con los muñecos. Siempre se preguntaba
por qué Buzz Lightyear y Woody podían tejer esas increíbles aventuras y él no.
Estaba muy bien eso de tener un papá humano, pero era más divertido jugar con
sus iguales que con Geppeto. ¡Pobre viejo! Le había fallado tantas veces que,
para que no volviera a escaparse, lo había condenado al perchero, o al árbol de
Navidad, según la época del año. Lo tenía merecido, pero no era para tanto. Si
cualquier chico hacía travesuras, ¿por qué él no habría de hacerlas? Al fin de
cuentas, Geppeto había querido siempre un hijo y Pinocho trataba de comportarse
como tal, entonces, ¿por qué el reclamo? Pinocho no entendía, aunque Pepe
Grillo se esforzaba por explicárselo. Una y otra vez volvían sobre lo mismo,
pero una y otra vez no se ponían de acuerdo.
Hasta que, un día, Buzz Lightyear, muy compungido por la
suerte de su amigo porque no podían salir a jugar juntos, le propuso un
arriesgado plan a Woody, para lo que habría que hablar con el general. Para
suerte de Pinocho, lograron convencer a Mac Arthur. Después de sopesar los pro
y los contras de tamaña misión “suicida”, como el militar la bautizó, llegó a
la conclusión de que el riesgo valía la pena. Y allá fueron…
Los soldados no dudaron en cumplir con la orden impartida y,
alineados, se acercaron al perchero, donde colgaba mansamente Pinocho, y
comenzaron a trepar. Mientras Woody lo enlazaba para mantenerlo firme, como
diestro vaquero que era, la torre humana accedió al muñeco de madera articulado
y lo desató con cuidado. Por su parte, Buzz Lightyear, parado sobre el aparador
vecino, calculaba la potencia del motor de sus alas para lograr el objetivo sin
lastimar a Pinocho. Cuando todo estuvo listo, despegó y tomó al muñeco de
madera con delicadeza, pues estaba al borde del desmayo.
En el vuelo debió esquivar algunos muebles, aunque llegó sin
inconvenientes a destino: el jardín de la casa. Dado que Geppeto había ido a
comprar materiales para trabajar, y Pepe Grillo estaba dándose un chapuzón en
un charco de la plaza con otros insectos, no había moros en la costa. Gracias a
ello, Pinocho y sus salvadores pudieron disfrutar de una tarde a puro sol como
nunca. Al bajar la luz, el equipo de rescate se reorganizó para depositarlo nuevamente
en su lugar, con la promesa de repetir la aventura pronto.
Cuando Geppeto regresó al hogar, todo estaba como lo había
dejado. La única diferencia era que Pinocho tenía los ojos cerrados. ¡Claro,
estaba cansadísimo por lo que había vivido! Eso desconcertó a su padre humano, porque
aún era de día, pero lo consideró un detalle menor y comenzó a preparar su mesa
de trabajo para la mañana siguiente. Jamás imaginaría que su hijo articulado se
había divertido como nunca lo había hecho.
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