4
Estaba muy cansada de andar a los saltos, contando las
monedas, y no era una forma de decir. Tras el cierre de la clínica en la que
trabajaba por la crisis económica de 2001, no le había resultado fácil
conseguir guardias como enfermera, tanto en los hospitales públicos como en el ámbito
privado. Y el hecho de que le debieran bastante dinero tampoco la alentaba. Su
último abogado no había logrado darle precisiones acerca de cuándo cobraría. Ya
era el tercer profesional que contrataba, los anteriores
no se habían ocupado en lo más mínimo.
La pava chiflaba hacía un rato largo. Nelly Kohan bajó
la vista y apagó la hornalla. El agua se había pasado. Apesadumbrada, levantó
la tapa de la azucarera y confirmó que estaba vacía, pero no revisó la alacena, sabía de sobra que no
quedaba nada para acompañar el mate. En eso sonó el teléfono, aunque demoró
unos segundos en atender, tenía que recomponerse.
-Hola, Nellita, venite ya a tomar unos mates porque en
cualquier momento cometo un parricidio. Y después de almorzar nos vamos al
cine, a la plaza, o a donde sea. ¿O tenés alguna guardia hoy…? -dijo Olga.
La enfermera sonrió a nadie y aceptó tremendamente agradecida,
aunque evitó traslucirlo, no quería que la consideraran una carga; Olga y su
familia la habían protegido demasiado las tres últimas décadas. Sin dar
precisiones, manifestó que estaba disponible, limpiar el departamento un
domingo de sol radiante podía demorarse algo más. Era un tres ambientes sencillo,
que conservaba todo intacto de cuando sus padres vivían. Quizás en la década
del ‘50 hubiera sido muy moderno, pero en el siglo XXI era casi deprimente, así
que un poco de lavandina y detergente le devolverían cierto “brillo”. Nelly había
dejado de hacerse problema por ciertas cosas hacía mucho.
Se dirigió al baño y bajo la bombita de luz se pasó el peine.
¡Qué canosa se había puesto de golpe! Su malestar comenzó a reaparecer, todo giraba alrededor de lo mismo: la falta de plata.
Su vida no había sido despreocupada cuando era chica, pero no recordaba una
época de tantas carencias como esa. Era muy afortunada al contar con Olga y su
familia, pues, de lo contrario, hubiera padecido verdaderas privaciones. Recurrir a los suyos al
quedar huérfana había sido casi imposible, aunque lo había intentado; apenas
tenía recuerdos lejanos con algún pariente y no podía precisar si eran felices
o de los otros.
Dado que su suerte no se modificaría en lo inmediato, se
pellizcó las mejillas, se colocó un par de aros colgantes y una gargantilla que
hacían juego, se echó las últimas gotas de L’Air
du Temps de Nina Ricci de épocas mejores y salió a la vida.
5
Mariana miraba fijamente a su cliente, sin escuchar lo que le
decía. De pronto se sintió agobiada por su profesión, ¿la había elegido a causa
de su padre? Tal vez un poco, pero
no tanto.
La realidad era que a él le había ido muy bien y, dado que a
ella le gustaba el dinero (o lo que se podía conseguir con él), decidió tomar
idéntica senda. Su decisión había rendido sus frutos, ya que muchos de los
hijos de los clientes paternos habían recalado en su estudio. Era una
profesional aplicada, no dejaba cabos sueltos. Por eso, en sus casi 20 años de
trayectoria, nunca había perdido un caso importante. ¿Suerte, perseverancia,
colaboración paterna? Todo eso y mucho más. Las malas lenguas decían que se
había vinculado sentimentalmente con más de un juez para salir exitosa, algo
que ni su padre se atrevía a contrastar. Lo mejor era poner expresión incrédula
ante la posibilidad, aun cuando él sabía de sobra que su heredera exudaba
necesidad de protagonismo.
Sin embargo, a pesar de la muralla que la abogada había
construido a lo largo de los años, el llamado de esa mañana le produjo un
cimbronazo. Mientras tomaba su irremplazable yogurt dietético, Olga, la eterna
bibliotecaria de su escuela secundaria, le contó acerca del festejo por las
Bodas de Plata de su promoción.
-¿¿Las qué…?? -dijo la letrada, cercana al colapso.
Al cortar, corrió al espejo del placar del dormitorio para
corroborar que 25 años no eran nada, aunque tuvo que apelar a una dosis extra
de flores de Bach y la preventiva ingesta de un ansiolítico. Su personalidad
equilibrada, que en raras ocasiones se había visto sometida a movimientos
telúricos, fue asaltada por el pasado. Un clamor sordo se manifestó en sus
entrañas, aunque Mariana lo diluyó antes de que se convirtiera en grito. Los
años de terapia la habían equipado con el entrenamiento adecuado.
-Hernández, dejamos acá. La próxima retomamos en lo de su
mamá, ¿le parece? -remató, dándose cuenta al instante de que estaba plagiando a
su terapeuta.
Con la destreza que la caracterizaba, logró que el
desconcierto de su cliente desapareciera de inmediato al mirarlo risueña, lo
que hubiera sido aprobado incluso por la mismísima condesa de Chikoff, con o
sin título nobiliario. Al cerrarse la puerta, Mariana buscó aquella pequeña
llave que le franquearía el acceso al pasado. En el fondo del último cajón de
su escritorio (heredado de Benítez padre), atesoraba su desteñida agenda, que
no había vuelto a abrir desde el viaje de egresados. Y como se estaba tornando
cada vez más recurrente, se sirvió un
whisky doble, sin hielo.
6
Cuando Lucía repartió los trabajos prácticos en 3º 2ª, sintió
que el año no había sido en vano. Sin embargo, no experimentó lo mismo con 5º
3ª. Dado que varios alumnos pendían de un hilo, apeló al trabajo en equipo para que éstos tuvieran alguna
chance al vincularse con otros de mejor desempeño. Sin embargo, el resultado
fue muy pobre. Las notas iban desde un único 7 a varios aplazos. Aquellos que tenían el año
resuelto, ni siquiera se habían molestado en mantener el promedio, y los que tenían que
definir la situación, habían dado por concluido el año.
La profesora de Lengua y Literatura recordó sus dudas de
aquel domingo, que le volvían a confirmar que no se trataba de apelar, a último
momento, a la buena voluntad del docente o a la solidaridad del compañero de
banco. La clave había estado siempre en comprometerse. Pretender que un grupo
avanzara en forma homogénea constituía un ideal, pero Lucía nunca había
abandonado el objetivo de que todos accedieran al conocimiento.
El murmullo de la clase fue en aumento hasta que manoteó el
escritorio. Los alumnos esperaron, aunque ella no emitió sonido, se limitó a
mirarlos con gesto apesadumbrado. Hasta que el mejor del curso tomó la palabra.
-Profe…, usted está re caliente con nosotros, ¿no? -dijo.
-¡Cómo re caliente, animal! -replicó otro medio duro de
entendederas.
Lucía optó por ser sincera, dado que en breve no tendría más chances de moldearlos
para la vida.
-Miren, chicos, aunque los miro y de chicos ya les queda muy
poco… La juventud está cada día más especuladora. Ya sé que los modelos que
reciben no son los mejores: los funcionarios actuales son una vergüenza, los
periodistas dejan bastante que desear; los adultos, en general, hoy son inimitables… Pero, la
verdad, se pasan de la raya.
Varios se quedaron pensativos, mientras otros aguardaban
ansiosos que sonara el timbre y salir eyectados lo antes posible. Algunos
querían reencontrarse con su amor adolescente al otro lado de la reja, otros
simplemente deseaban alejarse del olor a naftalina que desprendía la
institución. Micaela, una alumna que venía del Interior y se había sumado pocos
meses antes, se acercó al escritorio.
-No se ponga mal, profe. La historia es cíclica, ya vendrán
tiempos mejores.
La docente suavizó la expresión, se paró y la tomó del
hombro.
-Mica tiene razón, siempre que llovió, paró. Para pasado
mañana, quiero que todos los trabajos aplazados sean revisados y me digan
ustedes en qué fallaron. Vamos a hacer la famosa autocorrección. Agarran las
carpetas, los apuntes, los libros, le preguntan al tío o miran algún canal de
cable, no me importa desde dónde argumenten. No quiero que me demuestren que
consultaron el material que les indiqué, lo que quiero es que se den cuenta en
dónde está el error y por qué… Y para los que pusieron mala cara: no voy a
disculpar a nadie, así que los que todavía no peligran a pesar de los trabajos
prácticos, siéntanse en la cuerda floja. Porque si les pongo, además, un aplazo
de concepto, nos vemos, como mínimo, en diciembre -sentenció Lucía, quien a esa
altura comenzaba a cuestionarse su vocación.
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