jueves, 24 de mayo de 2018

La vida misma (poema breve, o a la manera de...)

Puertas que abren, puertas que cierran. Puertas que limitan, puertas que invitan. Puertas viejas, puertas nuevas. Puertas altas, puertas bajas. Puertas angostas, puertas anchas. Puertas macizas, puertas enchapadas. Puertas robustas, puertas livianas. Puertas de madera, puertas de metal. Puertas infranqueables, puertas amistosas. Puertas variopintas, puertas uniformes. Puertas transparentes, puertas opacas. Puertas que embelesan, puertas que rechazan. Puertas infames, puertas leales. Puertas memorables, puertas olvidables. Puertas plegadizas, puertas corredizas. Puertas luminosas, puertas opresivas. Puertas contundentes, puertas reemplazables. Puertas invisibles, puertas inviolables. Puertas decoradas, puertas austeras. Puertas impecables, puertas demacradas. Puertas anodinas, puertas mágicas. Puertas salvadoras, puertas vengativas. Puertas con historia, puertas sin pasado. Puertas que armonizan, puertas que no encajan. Puertas para transponer, puertas para respetar.

Puertas y más puertas. Muchos tipos de puertas. Hay todo un universo en las puertas. 

(Texto surgido de un taller literario reciente organizado por la UNTREF.)

martes, 28 de noviembre de 2017

Paralelas (cuento)

Era tarde cuando llegó al bar, llovía. Buscó con la mirada entre las mesas vacías y no lo encontró. Aliviada pensó en irse pero sabía que estaba en falta así que cambió de idea y se ubicó al fondo, la perspectiva privilegiada le permitía observar sin ser observada. Mientras dejaba correr el tiempo quiso entender. ¿La aliviaba que se hubiera cansado de esperarla o que a él también se le hubiera hecho tarde…? No estaba preparada para el acertijo e intentó contrarrestar el escurridizo sentimiento de culpa con la segunda posibilidad, ¿qué excusa le daría, en ese caso, que le asignaron una tarea de último momento? El colectivo o el subte no podrían ser su escudo, el bar había sido sorteado por la cercanía con ambas oficinas. Sin embargo, el chaparrón sería un buen recurso como responsable del atraso; incluso permitía disimular otro tipo de contingencia: el vaivén espiritual previo al encuentro. En todo eso pensaba ella con la vista clavada en el vidrio biselado, sabiendo de antemano que idéntico análisis podría hacer él si estuviera sentado en su lugar. Aunque bien podía haberlo hecho poco antes, próximo a cansarse de esperarla.
La mujer se despegó el pelo humedecido de la cara frente al pequeño espejo de cartera, el paraguas rescatado a último momento de la oficina se le había dado vuelta a dos cuadras y le resultó imposible huir del flagelo de la lluvia. Esa mañana no había pronóstico de tormenta por lo que las botas y el piloto nuevos quedaron en la bolsa. Las marquesinas de los locales la habían protegido un poco pero los pies los tenía empapados. ¡Qué ganas de darse un baño caliente y tomar algo amigable que le devolviera el alma al cuerpo! Pero su mandato familiar era más fuerte, dejar a alguien de plantón era de mala entraña; por eso estaba ahí a pesar del mal tiempo, a pesar del energúmeno de su jefe, a pesar de tantos “apesares”. Como había sido siempre, desde que tenía memoria. Sin embargo, ese no era el momento de ponerse a revisarlos, ya tendría tiempo durante el fin de semana. Quizás hubiera llegado la hora de darles la oportunidad a los demás de considerar, siquiera por una vez, las necesidades de ella. “¡Qué mechas, parezco un león!”, pensó mirando su reflejo e hizo una mueca resignada.
El mozo la miró con cara de pocos amigos. “En este día de mierda me tocó una loca”, masculló con fastidio, el reloj señalaba las 7 PM. La semioscuridad se cernía sobre la vereda y más allá, las tímidas luces del alumbrado no alcanzaban a mitigarla. “¿Ya decidió? En media hora cerramos”, le dijo sin haber consultado al encargado, aunque no era necesario, la única mesa ocupada era la de la mujer. Ella ensayó una sonrisa mientras él se colgaba el trapo rejilla al hombro en claro signo de hastío. “Un café, por favor, bien caliente, estoy muerta de frío”. “¡Che, un café! ¿No te digo que hay que cerrar más temprano?”, vociferó el hombre. Con las manos en los bolsillos de la chaqueta se asomó a la vereda y escupió. ¿Quién de los dos había elegido ese bar de mala muerte?, se preguntó la mujer. Si hubiera sabido que era así de desangelado habría cancelado el encuentro. ¡Jamás lo hubiera recomendado en el caso de una separación, si daban ganas de suicidarse en el baño de lo ramplón que era! La sensación de haber tomado una de las peores decisiones de los últimos tiempos comenzó a ganar terreno en su ánimo. Escapaba a su entendimiento por qué había debido llegar a tal situación para intentar resolver el único y excluyente tema respecto del cual giraba toda su vida por esa época: las relaciones de pareja. Pasajeras, cama afuera, como amante, no relaciones, divorcio contradictorio, había pasado por todas. ¿Resultado? Con más de 40 años seguía en la búsqueda, aun cuando no había descubierto qué era lo que buscaba.
El mozo la observaba desde la puerta mientras fumaba un cigarrillo y al girar la cabeza se topó con el cabezazo del encargado, que le señalaba el pocillo humeante junto al vasito con soda. “¡Queca, se lo voy a tener que llevar!”, dijo y la expresión avivó imágenes de su escuela secundaria, ¿por qué había perdido contacto con todos sus compañeros? Si a otros les había dado resultado, él debería ser menos reticente y ver de qué se trataba eso del Facebook. A la noche le pediría a su hijo que se lo explicara otra vez. De nada valía negarse al avance de la tecnología, había llegado para quedarse, y dado que la esperanza de vida iba en aumento día a día, se hacía indispensable amigarse con ella pues el futuro pertenecería a los que hubieran elegido permanecer dentro del sistema. Aunque lo viviera como algo cruel era un hecho irrebatible, pensó desganado el hombre. Dio las últimas pitadas intentando prolongar aquel anestesiado arrebato juvenil y juntó coraje para encarar la última tarea de la tarde. Sin embargo se demoró aún algo más y la radiografió de pies a cabeza, todavía estaba buena. Un poco flaca para su gusto pero tenía buenas tetas.
La mujer miraba el celular. Nada. ¿Habían intercambiado números cuando chatearon? “Al final, ¿querés o no estar sola?”, se dijo en el espejo. ¿Qué hacía en un sitio deprimente, un viernes tormentoso a la salida de la oficina, esperando a un desconocido del que ni siquiera tenía su número de teléfono? Ella, tan obsesiva, meticulosa, aplicada, precavida, ¡qué pelotuda! De pronto recordó la foto de él en la página y la cara le resultó vagamente familiar. ¿De algún trabajo anterior, del club, de la escuela tal vez…? Del barrio seguro que no, no sabía por qué pero lo descartó. Su mirada se deslizó de las 7,25 PM del reloj de pared al pocillo que ya no humeaba y sintió rechazo. Se acordó del trapo sucio en el hombro del mozo, del escupitajo y de lo triste que sería ese baño para suicidarse. Habían quedado de acuerdo para una hora antes, ya era tiempo de hacer mutis por el foro aunque no fuera una obra de teatro.
“Disculpe pero no voy a tomar el café. Los pies mojados me dieron dolor de estómago”, murmuró. El mozo, a punto de cargar la bandeja, la fulminó con la mirada y recolocó el trapo con violencia en el hombro en el momento que el encargado se asomaba por encima del mostrador. “No se preocupe, José dejó que se helara así que hay que tirarlo”. Ambos hombres cruzaron miradas en tono de reproche, cada uno con el propio. La mujer se puso el blazer (¡cómo extrañaba sus botas de lluvia y su piloto nuevos!), se colgó la cartera en bandolera y se dirigió a la entrada. “Se dejó el paraguas”, le dijo el encargado sonriendo. ¡Pobre, quería contrarrestar tanta tristeza! “Está roto, ¡y gracias por todo!”.
El mozo comenzó a bajar la cortina metálica detrás de la mujer, había dejado de llover. Parada junto al cordón observaba el telón: chica abandonada por chico en bar de mala muerte tras caer la tarde un viernes tormentoso y dan ganas de suicidarse en el baño… ¡Y dale con el suicidio! Lo cierto es que había sido un año muy largo, no sólo ese día, pero faltaba poco para su cumpleaños y ya presentía el desquite.
La cortina quedó a mitad de camino pues por el otro lado se acercaba lentamente un hombre que observaba con insistencia a la mujer. Ella había acertado: le habían asignado una tarea de último momento aunque no pensaba disculparse, era evidente que ni siquiera lo tenía incorporado en un ángulo de un vago recuerdo, ¿por qué lo haría? ¡En cambio cómo olvidarla! La más linda del colegio… Con ese pelo largo castaño que en verano se volvía rubio, aunque ahora se le había oscurecido. ¡Cuánta amargura había tragado por su culpa entonces! La amó locamente durante los cinco años de la secundaria sin que ella notara su existencia y pese a sus dos matrimonios no se le había ido de la cabeza. Por eso tuvo que buscarla, porque tenía que deshacerse de esa espina que lo torturaba hacía demasiado. Podría haber hablado con su jefe y llegar a tiempo a la cita pero no había querido. ¿Temor? Quizás, a ser ignorado otra vez. Ella seguía igual, tal vez más flaca pero con curvas, como a él le gustaban. En cambio, él había perdido muchos kilos y se había operado de la miopía, lo que lo había vuelto irreconocible además de atractivo. “¿Será por eso…?”, pensó con el alma apenas iluminada.
“Por acá no pasan taxis, te conviene ir hasta la avenida, a dos cuadras…”, dijo él como para iniciar una conversación. Ella hizo foco, ¿quién le hablaba? Ah, el hombre de la vereda. Desde el bar no se perdían gesto de los actores ad hoc. ¿Qué avenida, dónde estaba? Entonces se acordó: el bar olvidado de Dios, el del mozo con el trapo sucio y el escupitajo, el del suicidio en el baño maloliente. “Gracias. La verdad es que no sé qué hago acá”, respondió la mujer al borde del estallido mientras se dirigía a la arteria salvadora. ¿Dos cuadras a la derecha o a la izquierda? No le había dicho. “Otra vez no quisiste verme”, dijo él y se alejó por el mismo lado por el que había llegado. Ella frenó en seco, creyendo haber oído lo que oyó, y reemprendió la caminata.

(Presentado en la sede de Baradero, San Pedro, de la Sociedad Argentina de Escritores, SADE, con motivo de la XV Edición del Concurso Nacional de Cuento y Poesía Escritor Alfredo Cossi)

jueves, 16 de noviembre de 2017

In memoriam (microrrelato)

Villa María vio la luz en 1867 y su nombre se debería o bien a la Virgen María, patrona de la ciudad, o bien a María Luisa, hija mayor de don Manuel Anselmo Ocampo, terrateniente que donó las tierras y abuelo paterno de Victoria y Silvina Ocampo, las eximias escritoras. Tal cosa significa que cumple 150 años el próximo 27 de septiembre, fecha convenida por los vecinos pues no hay registro de la fundación… Wikipedia dixit
Ahora bien, ¿qué ocurriría si aquellas hermanas literatas estuvieran presentes para la ocasión? YouTube compartiría los hechos. Las mostraría recorriendo los logros de la villa: la Escuela Superior Integral de Lechería, la medioteca y biblioteca, la tecnoteca, el Centro Cultural Comunitario Leonardo Favio, la costanera de 16 kilómetros con imponente anfiteatro y el puente colgante Juan Domingo Perón, único en su tipo en Latinoamérica.
Aunque Victoria contaría con 127 años y Silvina con 113, por lo que sería necesario apelar a informática y robótica para verlas pasear en 3D en una pantalla o equipadas con inteligencia artificial junto a nosotros, burlándose de la esperanza de vida.
Pero sospecho que no querrían ser recordadas de ese modo.
Ni siquiera a causa de “abu Anselmo”…

(Presentado en la sede de Villa María, Córdoba, de la Sociedad Argentina de Escritores, SADE, con motivo del concurso por los 150 años de la fundación de la ciudad.)

miércoles, 26 de julio de 2017

Aquellos zapatitos de charol (rimas, o casi...)



Cuando eran chicas no sabían qué sería de sus vidas. Llevaban el pelo largo, se lo cepillaban frente al espejo y jugaban como cualquier otra nena con las muñecas. También jugaban a tomar el té y se ponían algún sombrero viejo además de los zapatos de taco alto de la abuela. Nada hacía suponer que lucharían contra vientos endemoniados y amarrarían, en medio del océano, velas.
Ni siquiera el padre de la chiquita rubia de ojos tímidos imaginó que su hija cumpliría su propio sueño. Porque él fantaseó una y mil veces con una vida plagada de aventuras, a pesar de lo cual aquello quedó demorado en el tablero..., en el mismo que diseña embarcaciones náuticas para otros dueños.
De allí que los cotidianos y compartidos juegos de infancia mutaron y el globo terráqueo ya no tuvo secretos. El mundo imaginario amplió sus horizontes y excedió el cuarto, el patio, el jardín. Las fronteras geográficas se disiparon y en su lugar millas marítimas aparecieron. Ellas tenían un único objetivo que abrigaban en sus corazones, en sus almas, en sus férreas mentes: ir por más, siempre. No habría monstruo marino que las detuviera. Ni el amo del viento podría con su perseverancia, disciplinadas como eran.
Cada vez que cruzaban una mirada confirmaban su determinación; ese fuego sagrado que sólo unos pocos tienen, los elegidos, sería puesto a prueba, con la esperanza de evitar el revés en cada ocasión. Sin embargo, nada las emocionaba tanto como probarse y probar que habían optado por el sendero correcto. Tenían en claro que no sería tarea sencilla: si es que deseaban llegar realmente lejos, deberían perseverar sin defecto.
En casa ya les habían avisado: nada en esta vida se consigue sin sacrificio. Lo que no les habían dicho es que tal cosa abarcaría no sólo la alimentación y la actividad física, sino el descanso, el esparcimiento e incluso los vínculos. ¿Estaban preparadas para tamaño desafío? No al inicio, fue un trabajo arduo que demandó de la voluntad un entrenamiento sostenido. Porque los objetivos de alto vuelo, digamos, rehúyen espíritus esquivos.
Y así como fueron nenas como cualquier otra, también fueron adolescentes como el resto, que transitaron los zarandeos del ambivalente período, para convertirse poco después en dos hermosas jóvenes llenas de proyectos.
La vida les regaló amaneceres y atardeceres, destinos conocidos y no tanto; agua salada, vientos, olas, mareas; pájaros y delfines, islotes y palmeras... Y aunque pareciera estar en deuda con ellas pues todo lleva la misma estela, quizás sean ellas las que le deban. Tal vez las haya recompensado de una manera tan vasta y anticipada que sólo tengan palabras a medias. También les dio cintas, moños y aplausos, mas no a cualquiera, pues sabe de su temple y capacidad de entrega.
Tras haber cabalgado mares y océanos de esta inabarcable Tierra, aunque inagotable sólo en apariencia, se preguntaron qué les quedaba por hacer. La respuesta no se hizo esperar: “Más mares y océanos”, dijo el padre de aquella nena. Es así que cada día, al despertar, una nueva sorpresa las espera del otro lado de la puerta. Jamás se sintieron invadidas por la rutina, lo que a algunos mortales les ocurre con demasiada frecuencia; nunca creyeron tampoco que ya habían dado todo, cosa que otros creen sin haber intentado la décima parte siquiera.
Las largas pestañas sedosas que enmarcan sus curiosos ojos siempre barrieron del horizonte humo, polvo, lluvia, pero también la decepción, la soledad, la tristeza. Porque no siempre estuvieron contentas, a veces flaquearon, pues son humanas, sensibles... además de guerreras. Cuando alguna nube negra aparece en su firmamento, ellas barrenan la arena, surfean las crestas, invaden la playa con sus tambores de guerra. Ni el más osado de los dioses del Olimpo se atreve a bajar a ver qué ocurre pues bien que lo saben, llegaron ellas.
Las valquirias esperan del sol un guiño, entonces otean el horizonte, consultan brújula, cartas náuticas y parten rumbo a la aventura en tanto despliegan las velas. Adelante se agolpan las millas, salpicadas de sal marina y vientos que arrecian.
Algo las espera, las busca, las convoca, por eso corren a su encuentro desde que tienen conciencia. Es el sabor que se les incrustó en el paladar y la lengua el día que pisaron un velero por vez primera. El sabor de la libertad con mayúscula. La Libertad de abrir los brazos y contener en una mágica fracción de segundo a la Vía Láctea entera. De allí que sean valquirias, mujeres guerreras, chicas superpoderosas que no se detienen ante las inclemencias.
Cuando hallan un recreo entre tanta actividad se detienen y piensan. ¿Qué habría ocurrido si otros anhelos hubieran clamado presencia? ¿Si madre alguna hubiera querido una hija bailarina...? O bailaora. Con chales, peinetas, castañuelas, tacones y vestidos con cola.
Eso les provoca un acceso de risa, no logran imaginarse entre lunares y revoleando polleras. Más difícil aún ver en sus pies zapatos charolados en lugar de zapatillas y medias. Es justo allí que agradecen a sus familias el apoyo presente en cada vuelta y festejan, inverosímil de toda inverosimilitud, la ocurrencia.
Al llegar el momento, Morfeo custodia los sueños de futuras empresas, cuyo mapa está impreso en cada una de sus células. Imposible equivocar el rumbo con trayecto tan certero. El destino ha de ocuparse de guiar los instrumentos para que sea preciso el arribo a cada puerto.
Y en noches de luna llena fijan la vista en las estrellas, telescopio a derecha y catalejo a izquierda, poniendo especial atención en aquellas viejas promesas. Entonces, sin pérdida de tiempo, levan ancla para que el despuntar del día las encuentre entre las primeras. Grande es la sorpresa del resto de los mortales al ver a las heroínas plantando bandera...
Es que aún no lo saben o no quieren saberlo: en el fondo de sus almas ellas llevan la delantera.

domingo, 14 de agosto de 2016

El país de las tierras altas (cuento infantil)

Una mañana, Rombín y Triangulín decidieron conocer qué había más allá de su mundo, su bella Geometría ya no les alcanzaba. Nadie pudo convencerlos de que en ningún lugar estarían mejor que allí y comenzaron a andar. Era la primera vez que salían solos de viaje.
Poco a poco, el camino se fue haciendo más empinado y como los amiguitos no estaban acostumbrados al ejercicio se cansaron con mucha rapidez. Entonces decidieron tomarse un recreo para recuperar fuerzas.
Era tal su cansancio que se quedaron dormidos y no percibieron el paso del tiempo. Al despertar, un vacío en el estómago les indicó que hacía demasiado que no comían y retomaron la caminata con pasitos cortos y rápidos.
-Estoy seguro de que vamos a llegar a un lindo lugar, ya vas a ver -dijo Rombín al ver que su amigo comenzaba a flaquear.
Y no se equivocó. Al llegar a la cima de la pendiente descubrieron un mundo fantástico: piedras enormes, árboles muy altos, charcos de agua… ¡Y el cielo! Porque los amiguitos eran de lata, latín y latón al igual que todo su mundo. Habían salido, por fin, de su amada Geometría.
-¡¡Era verdad lo que me contó el abuelo!! -Triangulín curioso se dispuso a escuchar con el oído bien atento.
-El abuelo Romboide viajó mucho y conoció gente de lo más rara. Con plumas, con alas, con la casa a cuestas, con patas.
-¿Y de qué mundo son? -preguntó Triangulín sin comprender.
-De un mundo muy diferente del nuestro. Del mundo de las tierras altas -respondió Rombín.
Maravillados descubrieron que la luz del sol había desaparecido y el cielo, de un azul intenso, estaba cubierto de estrellas. Sus ojos iban de un punto luminoso a otro sin poder creer aquello que veían. Rombín buscó una gran piedra para poder cobijarse pues recordaba de un libro de su abuelo que el rocío no era bueno para la salud. Pero los pequeños sintieron curiosidad y antes bebieron un sorbo de agua.
-Puaj, esto es muy distinto del aceite que tomo en casa -dijo Triangulín.
-Sí, es horrible. Tené cuidado que te podés oxidar -agregó Rombín.
Y con la luna cuidando sus sueños, cerraron sus ojos cansados hasta el día siguiente.

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Al despertar, alguien desconocido los observaba, no era de su ciudad natal. Era picudo, emplumado y zancudo.
-Oia, ¿y vos quién vendrías a ser? -dijo Rombín sorprendido y temeroso a la vez.
-Eso, ¡quién! -insistió Triangulín, escondiéndose detrás.
El desconocido puso cara de pocos amigos.
-Así que las latas hablan nomás -remató Pajarín muy molesto.
-¿¿Latas nosotros?? ¿¿Y vos te miraste en un espejo, plumero volador?? -Rombín se envalentonó de repente. -Decime, en donde vos vivís, ¿hay alguien con quien podamos hablar?
A esas alturas, Pajarín tenía todas las plumas paradas. Veloz como un rayo se alejó volando lo más rápido que pudo.
Triangulín se largó a llorar con todas sus fuerzas y Rombín se sintió culpable porque él había tenido la idea de abandonar Geometría. Entonces se trepó a un pequeño árbol con bastante dificultad, no estaba acostumbrado pues en su mundo no existían, y miró a lo lejos haciendo visera con la mano. El sol estaba muy alto, su cuerpo había comenzado a tomar temperatura y debían apurarse.
-Vamos, dejá de hacer pucheros. Tenemos todo un mundo por descubrir.
Rombín retomó la caminata apresurado pero Triangulín estaba indeciso. Hasta que su amigo se alejó tanto que sólo cabía en su pequeño dedo de alambre y comenzó a correr detrás.

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Después de subir y bajar varias lomas, de girar a la izquierda y a la derecha muchas veces, los amiguitos llegaron, finalmente, a un mundo nuevo. Nuevo para ellos, claro, aunque no necesitaron abordar un barco y cruzar el océano.  
Triangulín observaba fijamente a la tortuga y el caracol con sus dos ojos redondos como botones de plata saltándosele de la cara. El cangrejo estaba metido en el fondo de un tronco hueco para evitar que atacara, todos temían que usara sus poderosas pinzas. Rombín intentaba recordar las historias que su abuelo Romboide le contaba.
-¿Alguien conoce a estos latosos? -dijo la tortuga apenas asomada a su caparazón.
-Mirá, querida, siempre cae alguno que anda medio desorientado, me parece que se escaparon de una fiesta de disfraces -agregó el caracol haciéndose el gracioso.
-Eso, de una fiesta de disfraces -repitió el cangrejo desde el fondo del tronco hueco.
-Che, más respeto que ustedes llevan la casa encima. Qué pasó, ¿los echaron? -remató Rombín guiñándole un ojo a Triangulín.
-Oia, parece que éste es el payaso del grupo. Fijate cómo me río.
El caracol empujó una pequeña piedra que contenía hierro y el pobre Rombín quedó pegado a ella. Triangulín estaba tan asustado que se paralizó. Justo en ese momento, algo en el cielo ocultó el sol. Al mirar hacia arriba descubrieron a Oma, la paloma.
-¿No les da vergüenza tratar así a las visitas? -dijo con severidad.
El caracol y la tortuga se hicieron los distraídos mientras el cangrejo se tapó con las pinzas para esconderse. No le gustaba que Oma lo retara. Rombín logró despegarse de la piedra y agradeció al ave.
-Si no fuera por usted, señora voladora, no sé qué habría sido de mí.
-No fue nada. Acompáñenme, por favor, quiero presentarles a alguien que responderá todas sus preguntas.
Los amiguitos se tomaron de la mano y, sin perder tiempo, siguieron a Oma.

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En una vuelta del camino apareció un gran charco cubierto de plantas flotantes llenas de flores. Su perfume invadía el aire. Rombín y Triangulín se sorprendieron del olor dulzón, tan distinto del aceite para máquinas, pero les resultó agradable.
Un sonido lejano atrapó la atención de los amigos, era el croar de una rana. A medida que se acercaba, su curiosidad iba en aumento. Hasta que hizo su aparición sobre un camalote.
-Voilá! Me llamo René -dijo.
-Hola, señora René, venimos de muy lejos y no sabemos dónde estamos. ¿Usted podría decirnos, por favor? -Rombín recordaba que, ante todo, había que ser educado.
-Estamos en Parquelandia y para su información soy un señor. ¿Ustedes de dónde vienen, pequeñín?
-Nosotros somos de Geometría y salimos ayer a la mañana a conocer el mundo. Estamos muy cansados y muy hambrientos… -Rombín estaba al límite de sus fuerzas.
René hizo unos extraños movimientos con la cabeza en la que llevaba una corona y unos platillos exquisitos aparecieron ante los ojos asombrados de Rombín y Triangulín. Había arandelas, tuercas, tornillos, clavos y una jarra del mejor aceite.
Cuando los visitantes de Geometría estuvieron satisfechos y recuperaron la energía perdida, Triangulín, que ya había perdido el miedo, se atrevió a hablar.
-Señor René, ¿de dónde salió todo esto? Porque ustedes no comen estas cosas, ¿verdad?
-Nosotros no pero alguien que ustedes conocen sí. El nos dejó todo esto en caso de que su nieto resolviera visitarnos -dijo Oma con orgullo.
-¿¿Fue mi abuelo Romboide?? -el corazón de Rombín estaba desbocado.
Los dueños de casa sonrieron como respuesta y una lágrima de aceite rodó por la mejilla de lata, latín y latón del pequeño.
-Su excelencia, si le parece, yo podría acompañarlos a recorrer el reino para que sepan por qué nuestro querido amigo venía tan seguido  -dijo la paloma y Rombín y Triangulín hicieron de inmediato una reverencia.
-No es necesario, me hacen reír. Romboide no exageró para nada con respecto a ustedes. Sí, mi querida Oma, me parece una excelente idea. Mientras tanto voy a seguir trabajando, un rey tiene mucho que hacer.
La rana se alejó en el camalote, arrastrado por pececitos que lo cargaban sobre sus lomos (parecía una carroza), mientras los habitantes de Geometría observaban la escena con la boca abierta.

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-Síganme, por favor -la paloma se sentía una verdadera guía de turismo. -Acá, a nuestra derecha, vemos la escuela para Principiantes, a la que concurren todos los animales pequeños de Parquelandia, caminen, naden o vuelen, sin distinción. El rey René, con su gran sabiduría, nos enseñó que somos todos iguales.
En el charco se formaba una pileta de poca profundidad. Allí, ranas, sapos, tortugas, caracoles, peces y aves escuchaban inmóviles a Pajarín, el maestro, quien les transmitía conocimientos básicos de natación. Unos sapos ancianos vigilaban con atención a los cangrejos.
-¡Mirá, es el pajarraco! -gritó Triangulín sin pensar. Rombín le dio un codazo y sonó como dos tapas de cacerola chocando entre sí.
-Perdón, señora voladora, mi amigo es algo bocón a veces -y miró muy enojado a Triangulín, quien se puso todo colorado pues le había subido la temperatura de la vergüenza.
Un poco más adelante se encontraron con la escuela de Avanzados. Allí, el charco se volvía más profundo y las clases de buceo estaban a cargo de un hermoso pez carpa naranja llamado Ferdinand, quien se tomaba muy a pecho su trabajo. Los más arriesgados no se conformaban con llegar simplemente al fondo, sino que trataban de recoger piedras y hojas con sus bocas o sus patas delanteras para recibir el reconocimiento del maestro.
Unos metros más adelante, detrás de algunos árboles, se veía ascender una columna de humo blanco. Los visitantes de Geometría la observaron extrañados.
-Ese es el consejo de ancianos. Los más sabios del reino se reúnen con nuestro rey para tomar las decisiones importantes.
-¿Podemos ir a ver? -preguntó Triangulín con timidez.
-Lamento informarles que eso no es posible. Son asuntos de gobierno. Vamos, aún les queda mucho por conocer.

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No cabían dudas de que Parquelandia era un reino muy interesante: había gran variedad de árboles y plantas, rocas muy coloridas, a cualquier sitio que se mirara, algo llamaba la atención. Geometría, en cambio, era todo gris, brillante, sí, pero gris. El nuevo mundo impresionaba más y más a los amiguitos de metal. Oma se paró delante de una cueva, adentro había sólo oscuridad, no se escuchaban sonidos.
-Los invito a conocer playa Batracius, no se la pueden perder  -la paloma entró decidida y desapareció pero Rombín y Triangulín no se animaban a dar un paso. -¡Pequeños, no tengo todo el día, los estoy esperando!
Los amiguitos se tomaron de la mano y avanzaron temblorosos hasta que su vista se acostumbró al interior de la montaña. Allí descubrieron formas extrañas que salían del piso, de las paredes, del techo. De pronto escucharon una voz conocida.
-Esas puntas que salen del piso se llaman estalagmitas y las que vienen del techo son las estalactitas, se forman por el agua. ¿A que en su ciudad no vieron nada igual? -dijo Oma inflando el pecho con vanidad. Triangulín se puso a pensar con rapidez, esa paloma era demasiado presumida.
-No, señora, no tenemos piedras como éstas, pero cuando la banda Los latosos hace un recital, ¡toda Geometría se detiene a escucharlos hasta el día siguiente! -y le guiñó un ojo a su amigo, que levantó su pulgar de alambre en señal de apoyo.
Tras subir y bajar entre piedras durante un largo rato, el cansancio comenzó a invadirlos. En su mundo no había lomas, montañas, cuevas, las superficies no eran onduladas sino rectas, sus delgadas piernas no estaban acostumbradas a trepar. El ave se dio cuenta y justo a tiempo atrapó en el aire a Triangulín, que perdió pie sobre un barranco. Al dejarlo en tierra firme les señaló con el pico hacia abajo. Una playa de arena blanca como la nieve era bañada por un lago azul como el cielo nocturno. Había cascadas por las que bajaba el agua ruidosamente. De pronto vieron a dos pequeñas ranas zambulléndose divertidas.
-¡Señoritas, vuelvan de inmediato a la clase si no quieren que se entere el rey! -dijo Oma muy severa mientras las alumnas traviesas desaparecían entre las rocas.
-¿El rey también se ocupa de los alumnos? -preguntó Rombín muy sorprendido.
-Es que son las hijas del señor René y deben dar el ejemplo… Este lugar fue descubierto por un antepasado de nuestro querido monarca, su tatarabuelo Batracius, y en su honor recibió el nombre. Muchos vienen aquí después de la escuela o de sus obligaciones como premio a su buen desempeño. Pero tenemos que volver, por ser el primer día ya han hecho bastante ejercicio.
A Rombín se lo veía preocupado, había estado todo el día muy pensativo.
-Señora voladora, ¿por qué el cangrejo está metido en un tronco? Me da mucha pena…
-En nuestro reino sólo son aceptados los cangrejos si usan sus pinzas para el bien. Candrecito, por ejemplo, a quien ustedes conocieron esta mañana, está castigado por haberse peleado en la clase de natación. Como la tortuga Amelita y el caracol Frol son sus mejores amigos, se ofrecieron para vigilarlo para que no se vuelva a equivocar. Les cuento que Amelita es la prima de la famosa tortuga Manuelita.
Pero los amiguitos no sabían de quién se trataba. ¡Cuántas cosas desconocían Rombín y Triangulín! El viaje iba a resultarles verdaderamente muy educativo.

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La mañana siguiente amaneció lluviosa por lo que todas las clases fueron suspendidas. Rombín y Triangulín no conocían la lluvia y quisieron salir pero Oma se acercó presurosa.
-¡Alto ahí! Tu abuelo debió haberte contado que el agua no es buena para los metales, ¿verdad?
-Es cierto, señora voladora, pero debemos investigar para poder llevar información a nuestro regreso.
Oma se alejó unos metros y poco después apareció con dos tréboles gigantes en forma de paraguas.
-Usen esto para protegerse y no se lo quiten por ningún motivo.
Los amiguitos partieron alegres con rumbo desconocido, aunque en Parquelandia todo estaba señalizado. La escuela de Principiantes, la escuela de Avanzados, playa Batracius y todo lo demás. Siguiendo los sabios consejos de la paloma se cubrieron para evitar el óxido, algo muy peligroso para los metales.¡Qué distinto se veía todo a través de las gotas!
-Acá hay colores, estrellas, la luna y el sol, plantas, animales, piedras, el charco de agua para nadar… En cambio, nuestra vida es siempre igual -dijo Rombín con la mirada triste.
De repente vieron a Amelita y Frol entre unos pastos altos, estaban conversando muy concentrados.
-Hay que avisarle a Oma que Candrecito ya cumplió con el castigo, necesita un poco de sol -dijo Amelita.
Ambos se dirigieron al encuentro de su amigo pero al llegar vieron a la paloma, que era tan justa como René, volcando el tronco con su peso para que Candrecito quedara libre. ¡Estaba tan contento que corrió al charco y se hundió en la arena! Sus amigos invitaron a Triangulín y Rombín a acompañarlos en la orilla para disfrutar de la fresca lluvia.

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Para fortuna de los visitantes, el día siguiente fue radiante. Todos retomaron sus actividades y Parquelandia se puso en movimiento una vez más. Los amiguitos de Geometría decidieron seguir conociendo el mundo nuevo. A lo lejos observaron unos pájaros desconocidos, que volaban como Pajarín y hacían piruetas en el aire. Era una clase de vuelo. Los padres les enseñaban a sus hijos a abandonar el nido y para ello les mostraban cómo despegar, cómo girar en el aire, cómo aterrizar.
Cuando Rombín y Triangulín estaban en lo mejor, una hembra los descubrió y de inmediato dio la voz de alarma. Todos los adultos se acercaron a sus crías para protegerlas y el encargado de la vigilancia, en un vuelo rasante, les preguntó quiénes eran.
-Perdón por haberlos asustado, somos de la ciudad de Geometría -contestó Rombín.
-Lo había olvidado, el rey René nos avisó de su llegada. Vos debés ser el nieto de Romboide, ¿verdad? Gran amigo, una lástima que se haya oxidado.
-Sí, lo extraño mucho pero por suerte me quedaron sus consejos y sus historias, así que siempre está conmigo -respondió emocionado.
-Ya sé, tengo una idea. ¿Quieren aprender a volar?
Los amiguitos se miraron felices. El vigía Arturo, que así se llamaba, sin esperar respuesta les entregó unas hojas enormes que por allí crecían que parecían orejas de elefante para que las usaran como alas.
-Si el abuelo se animó, ¡nosotros también! -dijeron a coro.
Con mucho cuidado treparon a un árbol. Los primeros intentos no resultaron bien, ambos chocaron contra el suelo varias veces haciendo mucho ruido. Sin embargo, gracias a su voluntad y la paciencia de Arturo lograron despegar. Al final del día, todos los alumnos habían superado con éxito su primera clase de vuelo.

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-¿Qué opinan de mi mundo, pequeñines? -preguntó René esa noche en la cena de bienvenida.
Rombín y Triangulín no salían de su asombro, las sorpresas se sucedían desde su llegada. No sólo habían conocido un sinfín de cosas nuevas sino que habían hecho amigos muy distintos a los de su amada Geometría pero igual de valiosos.
Antes de que pudieran responder, un grupo de músicos hizo su entrada y comenzó a tocar. Si Los latosos eran buenos, Parquecito no se quedaba atrás. Todos los instrumentos eran naturales: piedras que se entrechocaban, hojas que se frotaban o se soplaban, cañas que se agitaban. Los amiguitos comenzaron a hacer palmas para acompañar. Sus diminutos dedos de alambre hacían un sonido muy particular que el resto festejaba. Poco después se sumaron al espectáculo haciendo percusión con sus propios cuerpos. Era una fiesta que ni el mismo Romboide podía haber soñado.
Dado que el día siguiente era de descanso para todos, el rey René dio por concluida la reunión recién cuando la luna estuvo lo bastante baja.
-Quiero que sepan que las puertas de Parquelandia estarán abiertas siempre que quieran volver y por el tiempo que lo deseen -dijo sonriente el monarca. Y agregó: -Cuando decidan regresar a casa, mi fiel amigo Arturo los acompañará para hacer una invitación formal a las autoridades de Geometría para que todos los amigos de Romboide, que también son mis amigos, puedan venir a visitarnos, ¿qué les parece?
Los pequeños visitantes supieron, entonces, que un nuevo capítulo en sus vidas acababa de comenzar.

viernes, 4 de diciembre de 2015

Telaraña (cuento)


Las mujeres llegaron a la casa por la noche, les había llevado 12 horas el viaje aunque creyeron que no tardarían más de 9 ó 10: algunos tramos de la ruta estaban casi intransitables y habían sido perseguidas por varios chubascos. También es cierto que no aplicaron el acelerador a fondo sino que disfrutaron del paisaje y de la charla, como en cada escapada.
La casa, amplia, luminosa, confortable, era de una amiga, quien soñaba con instalarse allí a partir de su jubilación. Los vecinos de los costados, inquilinos de la dueña, se presentaron y se mostraron solícitos al verlas llegar. Era un lugar de postal, rodeado de sierras y atravesado por un río cantarino; nada hacía suponer que allí se ocultaba un misterio.


A la mañana siguiente había que organizar el itinerario, elegir qué cosas sí y cuáles no, tenían un listado bastante largo. Se sentaron a desayunar y decidieron que irían resolviendo sobre la marcha. Todo dependería del clima, de las ganas, del cansancio, de los dolores musculares, en fin… sería un día a día. Lo que tenían en claro era que habían ido a disfrutar, por lo que cocinarían y comerían afuera (incluida la rotisería) en partes iguales. Vacaciones son vacaciones, dijeron ambas casi a dúo.
El lugar les pareció mágico no sólo por la cordialidad de su gente, el entorno era bellísimo. Además del paisaje natural, muchas de las casas, construidas sobre las faldas de los cerros, tenían sus jardines o parques desarrollados en pendiente, con largas escalinatas e incluso muelles sobre el río. Todo era idílico. Como si esto fuera poco, la ciudad era tan segura que la gente dejaba las puertas sin llave y los autos abiertos.
Sin embargo, la familia que vivía a la derecha despertó su curiosidad. Era un matrimonio con dos hijos, uno en jardín de infantes y otro en escuela primaria. Durante varios días sólo se vio ropa de chicos en la soga, pero no a sus usuarios. Ni siquiera se escucharon voces, gritos, corridas. Sólo ropa. De allí que las mujeres dudaran de su existencia. Pero el matrimonio era tan relajado y sonriente que era difícil imaginar que algo podía andar mal.
En el fondo había un galpón, a unos 50 metros, aunque parecía un pequeño departamento para huéspedes por el tipo de construcción. Dado que el matrimonio fabricaba artesanías, las amigas supusieron que ese debería ser el lugar de trabajo y que los chicos jugarían alrededor de los padres, motivo por el que no se los veía afuera. Pero del fondo sólo regresaba él, iba y venía varias veces al día, siempre solo. Ni siquiera se la veía a su mujer regresando de allí. Ella solía colgar la ropa lavada pero nada más. Al hijo mayor lo trajo una camioneta una vez, vestía uniforme de colegio. Un rato después apareció en el jardín con una pelota, era evidente que quería ver qué hacían ellas en la casa. Luego desapareció tan rápido como había aparecido y no se lo volvió a ver.
Las amigas comenzaron a especular, tejían y destejían hipótesis aunque ninguna las convencía lo suficiente. Todas eran igual de descabelladas e igual de válidas. Dado que estaba cerca el cerro Uritorco y se decía que toda la zona serrana era un corredor de avistajes, hasta los seres extraterrestres fueron considerados un día que vieron un documental. Las noches oscuras y estrelladas hacían volar su imaginación. Los cerros que remataban el fondo del jardín facilitaban cualquier sospecha o presentimiento: una torre de alta tensión podía llegar a convertirse en un ser de otro mundo si la niebla lo camuflaba adecuadamente.
Gracias a que el clima acompañó su estadía pudieron caminar, trepar y tomar sol la mayor parte del tiempo. Sólo un poco de llovizna las mantuvo encerradas, a pesar de lo cual no perdieron el espíritu, la Generala y el Scrabel llenaron los espacios muertos. Fue justo ahí cuando descubrieron un arco de fútbol al costado del jardín, contra la muralla de piedras que hacía de cerco divisorio. Ninguna recordaba que estuviera de antes por lo que decidieron prestarle más atención a todo. A la tranquera de acceso, a los ruidos, a las idas y venidas del hombre de la derecha, a la ropa pequeña colgada en la soga, nada escapó a su órbita desde ese instante. Si un arco de fútbol había pasado desapercibido, ¿entonces qué más…?


A medida que el tiempo pasaba, el misterio iba tomando cuerpo. Ya no se trataba de que a los hermanitos de la derecha no se los veía, más bien era dable pensar que habían desaparecido. La camioneta volvió a pasar por delante de la casa en otras ocasiones pero el hijo mayor no volvió a descender de ella. La ropa menuda siguió apareciendo en la soga con regularidad pero no sus dueños. Cierta tarde se escuchó a la madre pedir silencio a la hora de la siesta pero hablaba sola, no se oían quejas o risa alguna. El regreso a la capital se aproximaba y las mujeres no querían abandonar el lugar con más dudas que certezas. ¿Por qué ese sitio idílico se había convertido, de repente, en un lugar poco confiable?
La noche anterior a viajar decidieron arriesgarse. Tras cenar, lavaron los platos y miraron un rato de televisión mientras vigilaban los movimientos de los vecinos de la derecha. Cuando comprobaron que las últimas luces habían sido apagadas mucho antes, tomaron la linterna y salieron por la puerta trasera. Recorrieron el jardín hasta el fondo con lentitud y con mucho cuidado pasaron por arriba del cerco de piedras. ¡Qué suerte que no tenían perro! Las amigas iban avanzando mientras hacían pequeñas paradas para corroborar que nadie se había levantado. Al acercarse al galpón, la mujer que iba delante, de cabello corto, tapó la linterna con un trapo para suavizar el haz de luz. No se escuchaban movimientos ni tampoco voces. La quietud de la noche era total. De pronto, la mujer que iba detrás, de cabello largo, sintió un escalofrío en la espalda, como si no estuvieran solas, y el temor comenzó a invadirla. La distancia entre ambas iba en aumento y aunque quiso alcanzar a su amiga sus piernas no le respondieron. Un aliento gélido le atravesó la nuca y se le instaló en todo el cuerpo. La mujer, que nunca había rezado y que no conocía las palabras, se encomendó a los dioses y pidió misericordia.


A la mañana siguiente, las amigas acomodaron bolsos y valijas en el auto y cerraron la casa. Los vecinos de la derecha y de la izquierda no estaban visibles por lo que no pudieron despedirse. Antes de abandonar la ciudad cargaron nafta, deseaban ir tranquilas. No dejaban de repetir lo bien que lo habían pasado, lo confortable que era la casa y qué hermosos paseos habían realizado. No tenían cosa alguna para criticar o lamentar. Todo había estado mejor de lo esperado. Había sido un acierto elegir ese lugar como destino.
Tras varias horas se detuvieron a comer algo y estirar las piernas. Las dos se veían distendidas a pesar de que el viaje prometía ser largo otra vez. A punto de retomar camino, la mujer de cabello corto, que era la que manejaba, sonrió.
-Qué bueno que vimos a los chicos esta mañana, no hubiera podido irme tranquila. ¡Y qué susto te pegaste anoche, jaja! Somos dos inconscientes, ir hasta el galpón en esa oscuridad… Mirá si el tipo aparece armado…
-Sí, fue una locura. Cuando desapareciste, pensé que me desmayaba ahí mismo. En fin… Por suerte, las caritas de los nenes contra el vidrio borraron todo lo demás –dijo la mujer de cabello largo en el medio de un bostezo.
En estado de satisfacción por el misterio resuelto, cual dos Nancy Drew o Jessica Fletcher, reemprendieron el regreso.


De vez en cuando, las amigas recuerdan aquellos días en las sierras, y aunque la existencia de los hermanitos fue finalmente comprobada, hay un aspecto temporal acerca del cual no logran ponerse de acuerdo: unos minutos antes de partir, la mujer de cabello largo barría el patio en tanto la de cabello corto sacaba el auto del garaje, y ambas aseguran haber visto a los hermanitos asomados, una, a la ventana de la cocina, y la otra, a la ventana del living de la casa de al lado.
Misterios que ocurren en lugares de postal.



viernes, 25 de septiembre de 2015

Marta está de regreso (cuento)

El hombre de poco más de cuarenta estaciona delante del caserón familiar. La vieja casa le trae muchos recuerdos. Recorre con la mirada el piso superior y se detiene a observar un nido de palomas. Antes no existía. Claro, su abuelo nunca lo hubiera permitido. El ruido del motor lo vuelve a la realidad. Al bajar, el viento le produce un escalofrío.

Marcelito, ¿qué vas a hacer cuando seas grande? No sé, abuelo, ¿por…? ¿No te gustaría ser escritor? ¡Y yo qué sé! Falta mucho para eso, abuelo… No, Marcelito, todo llega, andá pensando. ¿Vos querés que yo sea escritor? Sería lindo, yo tengo muchas historias para contarte. Después vos las escribís y te hacés famoso.

El hombre, que se llama Marcelo, tiene los ojos vidriosos. Pestañea. Una lágrima le deja un surco en la cara. Mira el jardín, es pura tierra, sólo hay algunos árboles raquíticos. El viento vuelve a estremecerlo. Entonces saca un bolso y una mochila del baúl del auto y se dirige hacia la entrada. Prueba la llave, que gira recelosa, y entra. Demora unos instantes en acostumbrar los ojos a la oscuridad, las ventanas conservan los cortinados. Al acercarse a la escalera ve que los peldaños están deteriorados y con lentitud recorre la planta baja.
En la cocina comienza a estornudar. Hay olor a encierro y él es alérgico. Además de cierta tensión que registra en todo el cuerpo desde que entró. Abre la canilla y deja correr el agua. Sin embargo se decide por el termo y toma un antihistamínico con algunos sorbos de café.

¿Tenés historias de terror, abuelo? ¿De las de monstruos, fantasmas y todo eso? Sí, pero si te las cuento no vas a poder dormir. ¡Dale, abuelo, te juro que duermo!

Marcelo entra en el viejo escritorio, ha traído la computadora y sus borradores. Sopla la mesa y una nube de polvo lo obliga a retroceder. El celular vibra en su bolsillo, olvidó activarlo. Es su mujer… Sí, la atmósfera resultó propicia para escribir la novela de terror que viene postergando. Porque el hombre escribe, pero novelas históricas, esas de capa y espada. Esas que requieren años de investigación.
Lo de la novela de terror es una asignatura pendiente con su abuelo que le contaba aquellas historias de Frankenstein, justo cuando se cortaba la luz. O aquellas otras de Sandokán, cuando se iba de campamento y había luna llena. O peor aún… aquellas de Godzilla, cuando Marcelo estaba aprendiendo a nadar en la pileta y no hacía pie.
Pobre viejo, había terminado en un geriátrico sin enterarse de que Marcelo, Marcelito, finalmente se había dedicado a las letras. Aunque no se había hecho famoso y tampoco había escrito historias de terror.
Hasta ahora.

El escritor mira con fijeza la computadora sin decidirse. En su cabeza dan vueltas muchas cosas, ideas que se le fueron ocurriendo, mezcladas con recuerdos felices y de los otros. Para aquietar su ánimo juega con el encendedor. Sin embargo ya no fuma. Dejó de hacerlo cuando le detectaron cáncer a su padre y en un año se murió. De eso hace un montón, mejor no acordarse. Por si los fantasmas del pasado retornaran para molestarlo, guarda el revólver que trajo en un cajón del viejo mueble sobre el que tantas veces su abuelo jugara al solitario. Y comienza a escribir la sinopsis argumental.

“Marta y Jaime están en el living, son marido y mujer, es de noche. Ella comenta que el novio de Isabel, su hija, está dando los primeros pasos como escritor. Sin embargo, Jaime no está demasiado convencido de la elección, cree que se morirá de hambre. De pronto escuchan un ruido extraño en el jardín. Jaime toma el revólver cuando la puerta del frente se abre con violencia.
Un par de hombres entran y les disparan a quemarropa. Jaime y Marta caen. Al escucharse la sirena de la policía, los ladrones huyen por la parte trasera de la casa. Ella parece estar muerta. Él ha perdido mucha sangre y se desmaya.”

Marcelo bebe café despacio y entrecierra los ojos. Retoma la escritura.

“Jaime está en su habitación, a oscuras, en una silla de ruedas. Isabel entra, enciende la luz y le dice a su padre que ella lo necesita, que debe recuperarse por la memoria de su madre, que debe ser fuerte… Pero Jaime tiene la mirada perdida, no la escucha. Y seguramente no volverá a hacerlo.”

Marcelo intenta guardar el archivo y nota que la computadora no responde. Como ya le ha ocurrido, trajo un pequeño grabador de periodista. Para evitar perderlo, con la boca pegada al micrófono lee el texto que acaba de escribir, lo escucha. Satisfecho sale del escritorio y sube la escalera, se ha ganado un recreo. En tanto comienza a aparecer algo en la pantalla.

Ha oscurecido. El hombre, que se llama Marcelo, se asoma desde la baranda del piso superior, está en bata, con el cabello mojado, y siente un escalofrío. Estornuda. Observa la puerta de entrada durante unos momentos. Le parece extraño estar nuevamente allí. Baja con cuidado a raíz de las tablas sueltas de la escalera y enciende las luces del frente. Ajustándose la bata al cuerpo se dirige al living y enciende la luz también. La casa ya no se ve tan sombría. Entra en el escritorio y al acercarse al monitor frunce el ceño. Lee: “Marta está de regreso”, pintado de bermellón. ¿¿De regreso de dónde?? se pregunta y hace un montoncito con la mano. Desconcertado o más bien nervioso vuelve a jugar con el encendedor.
Los timbrazos del teléfono lo sobresaltan y, aunque lo intenta, no llega a atender. Molesto retrocede con vacilación, dándole una segunda oportunidad al arrepentido, quien no insiste. Marcelo lee el texto en la pantalla.

“Un par de hombres entran y le apuntan a Jaime pero Marta lo empuja y una de las balas apenas lo roza.”

El escritor no puede creer que eso esté ocurriendo. Temeroso se asoma al pasillo y observa a lo lejos la oscuridad de la cocina. ¿Cuántas veces jugó a las escondidas con sus primos en esos recovecos y el abuelo cortó la luz? ¡Con la total desaprobación de mamá, por supuesto! Sobre todo cuando el viejo abría la puerta que da al fondo para ponerle más misterio a la cosa.

¿Y si entra Godzilla? Pero, Marcelito, qué disparate decís, yo no veo agua, ¿vos sí?

Sin encontrar respuestas, Marcelo intenta no perder la calma. La puerta de calle está tan cerrada como cuando llegó. Nada ha cambiado desde las seis de la tarde, aunque siente erizarse la piel de la nuca y un frío lo cala hasta los huesos. Decidido, elimina lo que lo desafía desde la pantalla y se sienta en un sillón que hay junto al escritorio con los ojos fijos en la puerta de entrada. El velador encendido le permite controlarse.

Abuelo, ¿te dormiste? Mmmmmmm. ¡Abuelo, hay fantasmas! Sé bueno, revisá el armario…

A Marcelo lo despierta un portazo a medianoche. Un murmullo viene desde la cocina. Con el pecho oprimido tantea en el cajón del escritorio, saca el revólver y enciende el velador. Con movimientos pausados le quita el seguro y comienza a avanzar por el pasillo. Prueba el interruptor de la luz pero no responde. Al aproximarse a la cocina descubre que el murmullo viene de más lejos. De la habitación de servicio.
Sus piernas se aflojan, no sabe qué hacer y piensa en sus hijos, a quienes asusta al igual que lo hacía con él su abuelo. Pero de inmediato se recompone y continúa la marcha. Al doblar por el pasillo, alguien lo está esperando… La paz le vuelve al cuerpo cuando se reconoce en el espejo. La ventana deja que se filtre la luna. Y otra vez el murmullo de la habitación de servicio.
Con el caño del revólver empuja la puerta entreabierta que choca contra la pared y al entrar se reencuentra con el pasado: una cama y su elástico, un colchón despanzurrado, el caballito de madera, libros y revistas apiladas… Algo más allá, la casa de muñecas de su madre. Marcelo se acerca temblando y aprieta el revólver con fuerza en la mano derecha. Con el corazón saltándosele del pecho mira el interior. Está vacía. Sus palpitaciones llegan al límite.
Presuroso retrocede y entra en la cocina, intenta mirar hacia afuera pero la enredadera tapa los vidrios y le permite ver apenas. Ojalá la hubieran quitado hace años, sus noches habrían sido menos angustiosas. Prueba la puerta, está firme. A trasluz adivina la reja sólida.
Marcelo apoya el revólver sobre el mármol de la mesada y toma agua de la canilla. Ahora no está para preocuparse por la alergia. Tiene que enfrentarse a Frankenstein, a Sandokán. “Pero a Godzilla, no” se escucha decir y en eso percibe el sonido del teclado. Con la garganta hecha un nudo tantea el revólver y no lo encuentra. Aferrándose a la mesada toma un cuchillo de vaina gruesa y se persigna como cuando acompañaba a su abuela a la iglesia.  

El hombre, que se llama Marcelo, corre desbocado al escritorio, blandiendo su improvisado puñal. Se acerca al monitor y lee.

“La ventana se abre de golpe y vuelan papeles que el escritor tiene junto a la computadora. Se escucha la silla de ruedas de Jaime. El escritor se asoma y lo descubre de pie, detrás de la baranda de la escalera. Está empuñando el revólver. Jaime dispara, el escritor describe una curva perfecta hacia atrás y cae al suelo, muerto.”

Entonces… La ventana se abre de golpe y vuelan papeles que Marcelo tiene junto a la computadora. Se escucha el rodar de una silla…
Al escritor le cuesta respirar, el terror lo invade. Se le escurre el cuchillo entre los dedos. Desesperado, arranca el casete diminuto del grabador y se aproxima a la escalera. En cámara lenta mira hacia arriba, Jaime está parado y lo observa desde la baranda, apuntándolo con el revólver. Marcelo, ya sin tiempo, acerca el encendedor al pequeño casete y, al poner en contacto la cinta con la llama, se escuchan los gritos desgarradores de Godzilla. Las palabras del monitor danzan frenéticas. Suena un disparo y un golpe seco. Algo pesado cae al suelo.


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El escritor está sentado al escritorio. Isabel le hace masajes en los hombros…  Pero no es Marcelo, Marcelito, el hombre. Es el otro escritor, el novio de Isabel, que mira fijo la pantalla de la computadora mientras juega con el encendedor.