sábado, 15 de marzo de 2025

Siempre tiene fecha de vencimiento (novela, en proceso)

 CAPÍTULO 1

Alicia, así se llamaba ella, pasó una mala noche. La frase de él había rebotado en su cerebro como una pelota de tenis en un frontón. La luz de la calle ni siquiera le había permitido adivinar el color de su pelo, ¿cómo podía saber, entonces, de quién se trataba? La mujer necesitaba eliminar del horizonte toda responsabilidad respecto del pasado, era preciso exorcizar semejante carga de simbolismo: “otra vez no quisiste verme” era como un aguijón infectado. Él bien podía haberla confundido con otra persona, la memoria era engañosa. La repentina conclusión depositó su espíritu maltrecho en playa segura, no estaba en condiciones de aceptar reclamos de un desconocido, con su jefe ciclotímico ya tenía bastante.

Alicia se sentó frente a su taza matinal de té y dos medialunas. Más hubiera sido gula, menos no la hubiera satisfecho, era una mujer muy metódica. De allí el desconcierto con respecto a la tarde anterior, ¿cómo había sido sorprendida por la lluvia? Si en un día cualquiera no abandonaba su casa sin conocer el pronóstico, “ese” día no debió haber yerros porque, a causa de la cita, Alicia había consultado todos los medios, los más confiables así como los otros, para evitar, justamente, aquello que no pudo evitar. Y “todo” para nada...

Primero, su jefe le había pedido que prolongara su jornada aún más de lo habitual, pero ella manifestó que no se sentía bien y salió casi disparada de la oficina, algo que le reclamaría el lunes por cierto. Molesta se encaminó al bar, ensimismada, pues había vuelto a torcerle el brazo, sin notar que estaba garuando. Cuando se dio cuenta ya era demasiado tarde, la tormenta arreciaba y poco pudo hacer su pequeño paraguas para protegerla. Aunque la mojadura no fue lo peor, sino la repentina aparición del sujeto de la vereda, que ni siquiera por cortesía asumió haberla dejado de plantón. Tal vez aquellas palabras, tan cargadas de dolor, le hicieron olvidar la caballerosidad y blandir su espada, a la espera del desquite desde tiempo inmemorial. En medio de sus reflexiones, sonó el teléfono.

-Mamá, ¿por qué todas las semanas me salís con lo mismo? -dijo Alicia.

Ester Zaldívar había destinado los mediodías de los sábados para reunirse con su prole, pues tenía el ritual de ir todos los domingos al club, además de que la noche del sábado también la tenía ocupada (el cine o el teatro siempre la convocaban). Los hermanos de Alicia, un varón y una mujer, habían logrado ponerse bastante a resguardo, argumentando que sus hijos tenían actividades por la mañana, lo que impedía los encuentros en la mayoría de las ocasiones, aunque ella no había encontrado salvoconducto alguno.

-Ali, sos vos la que siempre me contesta lo mismo, hija. Tenés una chica que te hace todo, no tenés marido, no tenés hijos, tenés el freezer repleto. A ver, ¿hoy tenés que llevar el auto al taller o vas a ir de shopping porque se te quemó el televisor…?

Eran esos momentos los que sacaban de las casillas a Alicia, los momentos en los que su madre la confrontaba con la realidad. Todos los fines de semana pasaban por lo mismo: una proponía y la otra rechazaba, una reclamaba y la otra se defendía, una se ponía en víctima y la otra se sentía culpable. La terapeuta le recordaba que el identificador de llamadas se había inventado para evitar ese tipo de situaciones, a pesar de lo cual Alicia caía siempre en la pegajosa telaraña.

-Si aceptaras, no tendrías que escucharme -decía una.

-Si no me persiguieras, quizás tendría ganas de aceptar -respondía la otra.

En algún momento, hacía una aparición estratégica el señor Ramiro Zaldívar, con mayor o menor suerte, en el intento por zanjar la cuestión.

-Estaba por encender el fuego, ¿qué tal una bondiolita de cerdo y alguna otra pavadita, nena?

Esa intervención era la que, por lo general, no fallaba. Todo dependía de cuánto tiempo hubieran estado tironeando madre e hija del cable del teléfono. Alicia accedía a la propuesta de su padre si Ester no había resquebrajado aún su ánimo, lo que sucedía con cierta frecuencia, pues era una mujer muy demandante.

Sin embargo, ese sábado no era igual a los restantes, el ánimo de Alicia venía decayendo desde antes del llamado de su madre; con exactitud, desde el desencuentro con su cita y su posterior acusación a quemarropa cuando la tarde se extinguía. ¿Cómo remontar, entonces, el consabido diálogo con Ester en esas condiciones?

-No, mamá, no me toca ni taller ni shopping, ¿sabés qué?, no tengo ganas de verte y punto. Hasta el sábado próximo. Besos a papá -Alicia cortó sin darle tiempo a retrucarle y, cuando el teléfono volvió a sonar, miró el identificador de llamadas, hizo un gesto obsceno y tomó la asadera que había dejado preparada: tenía bondiolita de cerdo y alguna otra pavadita.



lunes, 2 de diciembre de 2024

Bel canto (relato)

Los hombres jamás imaginaron que serían capaces de llevarlo a la práctica, pero allí estaban, en plena Avenida 9 de Julio, frente al Teatro Colón, uno de los mejores coliseos del mundo, ubicado a pocas cuadras del Teatro Nacional Cervantes. El barrio de San Nicolás había sido mudo testigo de sus reiteradas apariciones, aunque habían desestimado su exótico plan, en cada ocasión, por diferentes motivos. Hasta hoy.

Aguardaban impacientes, sobre la calle Cerrito, la salida de la protagonista de la ópera “Aída”, una joven soprano que había accedido a la fama en forma vertiginosa, que era lo que más le molestaba a Roberto. Además de que cantara como los dioses, porque María Callas ahora tenía rival. Aunque no todo estaba en su contra: la griega, por suerte, se había muerto.

La cantante hizo, por fin, su aparición, rodeada de buena parte del elenco. No cesaba de recibir ovaciones por todos los costados y, como profesional que era, supo integrar al resto. Una vez que se fue quedando sola, los dos hombres aprovecharon para acercarse y le pidieron que les firmara los programas de mano. Ella, muy desenvuelta y seductora, tomó la lapicera que uno le ofrecía y, también, se los dedicó. En el momento que se disponía a subir al auto que la llevaría a su casa, Roberto le cortó el paso con disimulo.

-Señorita Lundren, por favor, acompáñenos a tomar una copa, así seguimos conversando un poco más. Somos fervientes admiradores del bel canto, que usted maneja con tanta naturalidad…

Verónica Lundren no pudo obviar semejante comentario y, a pesar de saber que algunos admiradores debían ser mantenidos a distancia prudencial, accedió muy complacida. Por seguridad, propuso ir a un bar cercano al Obelisco (uno de los íconos del centro porteño, junto al cual los turistas registraban su paso por Buenos Aires), pero la convencieron de visitar un lugar pintoresco en la dirección opuesta, de camino a la Avenida del Libertador. Sin embargo, al subir al auto de Roberto, los hombres revelaron sus verdaderas intenciones.

-Mirá, piba, no queremos entretenerte, así que vamos al grano -dijo, sentado al volante, mirándola por el espejo retrovisor.

-¡No me lastimen, por favor, les doy todo lo que tengo! -manifestó la cantante, desde el asiento trasero, comenzando a revolver la cartera muy angustiada.

-No, pará, no entendiste, ¿qué te pensás que somos? -remató Hernán, dándose vuelta, que a esa altura comenzaba a alterarse después de superar con estoicismo la ópera completa.

Los tres permanecieron observándose en silencio. Ella aferraba con temor su cartera contra el pecho, mientras pensaba que había sido un error ser tan condescendiente. ¿Por qué no había escuchado los sabios y reiterados consejos que le había dado su partenaire en los ensayos? En la próxima función debería darle la razón… Siempre que hubiera una próxima función, claro.

-Che, calmate. Sólo queremos que le cumplas el deseo a éste y te podés ir -dijo Hernán.

-¿¿Qué deseo…?? -la voz de la soprano se parecía más a un chillido que a un gorjeo.

-Te dije, boludo, no es tan buena como te creés.

Roberto lo miró con desaprobación y semblanteó a la mujer. Sí, estaba visiblemente asustada. Lo mejor sería concluir lo más rápido posible, por si se le ocurría ir a la policía.

-Escuchame, Vero, ¿te puedo llamar así? Resulta que siempre quise ser como vos, o sea, cantante lírico, pero no se me dio. ¡Ni siquiera pude entrar a estudiar al Colón, me cacho! En fin… La cosa es que me hubiera encantado poder cantar con la Callas, ¿viste?, pero se me fue demasiado pronto -ahí Roberto hizo un paréntesis porque se había emocionado. Hernán le alcanzó su pañuelo, aunque lo observó con rechazo y prefirió no aceptarlo. -Perdón, me acuerdo y me agarra un nudo en la garganta… Bueno, como te venía diciendo, entonces se me ocurrió, cuando te escuché el otro día, porque ya vine varias veces, no soy un improvisado, te vengo siguiendo la trayectoria- enfatizó dramáticamente Roberto.

-¿Podés sintetizar, por favor? Entre la ópera y tu declaración de amor, ya llevamos como 4 horas dando vueltas con el asuntito -a Hernán comenzaba a agotársele la paciencia.

-Pará, pesado, si estás apurado, andate, que yo me puedo arreglar solo.

En ese momento, Verónica palideció y Roberto se dio cuenta de que estaba prolongando demasiado el misterio y que la soprano terminaría, efectivamente, yendo a denunciarlos.

-La cosa es así. Quiero que cantes conmigo la escena 2 del cuarto acto, cuando a Radamés y Aída les llega la hora fatal y se despiden del mundo; lo grabo con el celular y listo.

Verónica Lundren bajó un poco la guardia tras recibir un pedido tan inusual. Si bien parecían dos tipos inofensivos, la propuesta era por demás descabellada. Pensó con detenimiento lo que respondería, dado que no estaba segura de que eso fuera todo.

-O sea que, si acepto cantar con vos, me liberan…

-¡¡Pará, esto no es un secuestro!! ¿¿Vos ves armas, sogas, capuchas?? -Hernán se estaba poniendo de un pésimo humor, algo que le ocurría cada vez que estaba hambriento.

-No maltrates a la chica porque en eso habíamos quedado. Y vos sé buenita, dame el gusto, que para vos es una pavada y para mí es como tocar el cielo con las manos. Así hacemos de cuenta que acá no pasó nada. ¿Qué decís, piba?

La cantante no pensaba ir a la comisaría, aunque sí consideraba que habían llegado demasiado lejos. Primero, le habían mentido, y ahora, la extorsionaban. ¿Y si se negaba, qué harían, la llevarían a recorrer los 48 barrios porteños hasta que claudicara?

-En eso te equivocás, porque sí pasó, me están privando de mi libertad -la joven acababa de perder el escaso temor que aún le quedaba y decidió plantar bandera con respecto a sus derechos. Desde luego que llevaba el pañuelo verde en la cartera, como siempre. En plena época del “Ni una menos” y del “Me Too”, no iba a permitir que dos enajenados se pasaran de listos.

-¿No te dije, nabo? No sé para qué hicimos todo este kilombo. Vos y tus sueños incumplidos.

-Tenés razón, Hernán. Al final, todas las minas son iguales. Me sacaste las ganas. Andá, andá a cantarle a Magoya.

(Presentado en el concurso Yo te cuento Buenos Aires X, de la Legislatura del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, en 2023)


lunes, 23 de septiembre de 2024

Sabiduría milenaria (micro relato)

Sus ojos rasgados observan todo desde el fondo de los tiempos. Es erróneo creer que algunas cosas le pasan desapercibidas. Ni su quietud ni su sonrisa, apenas esbozada, la dejan al margen. Siglos de enseñanzas bien aprendidas se reflejan en su rostro sereno. Los antepasados, los ancianos, las tradiciones, las dinastías, los valores, los principios se ven reflejados en cada uno de los pliegues de su kimono y en su peinado. Jamás hará un gesto de más, aunque tampoco de menos. Nunca se atreverá a proferir una palabra fuera de lugar, aunque tampoco se reservará la palabra justa. En ella, todo se encuentra en el más absoluto equilibrio. Ha sido concebida para agradar y es agradable; para dar placer y lo da; para embellecer y es bella; para escuchar y calla.

Su vivienda está reservada para los grandes, porque los hombres más poderosos la visitan. Su lugar es envidiado por muchos, porque junto a ella se toman las decisiones más importantes. Su presencia puede generar las conversaciones más profundas, o las sensaciones más irrefrenables.

Su sabiduría ha sido, siempre, observar todo desde el fondo de los tiempos, sin que alguno de sus gestos la delate.

(Publicado recientemente en el espacio virtual Burak)

lunes, 7 de agosto de 2023

La novelista que no quiso ser (relato)

Así que vos querés saber cómo empecé con todo esto, ¿no? Bueno, voy a hacer memoria, entonces.

Hace muchos años, alguien me dijo que me veía condiciones para dedicarme a la crítica cinematográfica, lo que me sorprendió. Pero poco después lo asocié con mi afición por el cine y la idea empezó a gustarme. Entonces, me puse en contacto con Osvaldo Quiroga y Rómulo Berruti para tomar clases, aunque me di cuenta de que yo quería otra cosa. En realidad, lo que yo quería era escribir películas, o sea, guiones de cine.

Ahí pensé en formarme con Damián Szifrón, el autor de “Los simuladores”, ¿te acordás?, pero en Canal 11, o Telefé si te gusta más, me dijeron que él no daba talleres, aunque Patricio Vega sí, que era su coordinador autoral. Y allí fui por un par de años.

A esa altura decidí ir al Festival de Mar del Plata, ¿lo tenés?, y resulta que vi un cortometraje espectacular, “Medianeras”, del que después se hizo un largometraje, de un tal Gustavo Taretto, y yo me dije, si este pibe escribe así, porque el guión era de él, yo quiero aprender con su maestro, y entonces lo contacté.

Me contestó que el “susodicho” era José Martínez Suárez, Josecito para la Chiqui, y empecé a bombardearlo a llamadas telefónicas. Que no puedo, que tengo todo el tiempo ocupado, que llámeme en un mes, que llámeme en dos meses, y tanto va el cántaro a la fuente que, al final, me dijo que sí.

Estuve tomando clases con MS, como él firmaba todos los e-mails, durante otros 2 años, momento en el que cerró su taller de los últimos 20 para asumir como presidente del festival que te mencioné, porque era un laburo de tiempo completo. Tan completo que el viejo no se tomaba vacaciones y estaba en la oficina como 10 horas diarias.

Todo esto lo sé porque me postulé como su secretaria, y después de decirme que no porque era un trabajo temporario y que yo estaba en relación de dependencia en la editorial donde trabajaba, que no porque tenía un hijo a cargo y que corría el riesgo de que no me renovaran el contrato, y la mar en coche, finalmente lo convencí otra vez, me tomó una prueba de traducción simultánea de una película de Abbas Kiarostami, lo que hice con bastante dignidad, te confieso, y desembarqué en el famoso INCAA, el instituto de cine, pero esa es otra historia.

¿Te aburro o querés que siga…? Sigo, entonces, ya falta poco. Como no podía presentar mis propios proyectos por incompatibilidad de funciones, imaginate, los del comité evaluador me conocían, entonces, convertí algunos guiones míos en novelas y las publiqué, ya van tres, la última el año pasado. Te cuento que empecé a escribir la cuarta, pero desde cero, porque no tengo más guiones que me interese transformar en literatura.

Debo confesarte que no he sido una gran lectora, aunque esto haga un poco de “ruido”, por lo que no registro influencia de escritores, aunque sí me ha llamado más la atención el cine y lo he consumido más. De todos modos, tampoco podría hablar de directores que hayan influido en mi escritura. Con respecto al teatro, recién en los últimos años comencé a apreciarlo verdaderamente.

En síntesis: me he formado un poco en cine, he hecho algún que otro taller literario, incluso uno de dramaturgia con Mauricio Kartun, he leído un poco, he mirado cine un poco más; últimamente, veo muchos documentales y programas de información general, y no me refiero a la pandemia, sino a los últimos 8-10 años, pero, sobre todo, siempre me ha gustado mucho observar. Desde mis épocas de facultad. Observar gente, situaciones, paisajes. O pensar al respecto de variadas cosas y asociarlas, sin saber muy bien adónde voy a terminar. A veces llego a conclusiones muy lineales y otras veces aparezco por lugares que no me esperaba.

Bueno, eso. Cuando arranqué, en 2004, no imaginé que terminaría escribiendo novelas en lugar de guiones de cine. Recuerdo que Josecito, o MS, como prefieras, me dijo que usara seudónimo por eso de la incompatibilidad, a lo que yo le respondí que quería ver mi nombre en la pantalla. Creo que fue por eso que terminé desembarcando en la literatura. Porque, como me dijo José Luis Garci en “La Feliz”, muchos años atrás, hay que ponerse al frente de los proyectos propios, de allí que él haya dirigido sus guiones, pues un guionista pierde casi todos los derechos sobre lo que escribió al entregarlo, a diferencia de un escritor.

No sé si contesté tu pregunta, ¿o no me preguntaste nada y me imaginé todo…?

Hola, hola, ¿estás ahí?

¡¡Holaaa…!!

Me cortó la muy guaranga.

miércoles, 27 de abril de 2022

Y tu vida será otra (novela, capítulo 1)

 Parte I: De cómo se dieron las cosas


1

Su madre siempre le decía que a los canarios había que atenderlos diariamente. Pobres criaturas del señor, ellos no podían hacerlo solos, así le decía, una y otra vez, todos los días. Era imposible olvidarse. Pasaban los días, los meses, los años, y siempre repetía lo mismo. Parecía una letanía. Y lo peor de todo es que se le paraba al lado, pero bien al lado, y se lo decía casi al oído. Era desesperante.

Tan ensimismada estaba esa mañana que volcó el bebedero sobre la blusa que llevaba puesta. Con la mirada turbia comenzó a hacer pucheros justo en el momento en el que su madre se aproximaba, pero no iba a darle el gusto. Rápida giró, como pivotando en pelota al cesto, “yo era buenísima”, se dijo, y se dirigió a las jaulas. Su madre, con la boca abierta, la vio alejarse; esta vez no había podido.

Feliz con su pequeño triunfo rellenó los comederos y le guiñó un ojo al canario naranja. Convencida de que le había entendido, cuando el bicho se puso a gorjear, creyó que le estaba hablando.

-Nena, ¿ya atendiste a los demás? Mirá que no pueden hacerlo solos… -dijo la vieja, arrastrando los sonidos, además de las chancletas.

Olga Pietrantonio sintió una puntada en la nuca, acababan de arrojarle un dardo envenenado. A pesar de todos los recaudos que había tomado, no pudo evitar aquella frase que la mortificaba. Al darse vuelta con lentitud, vio que su madre sonreía burlona mientras se apantallaba con una revista. El emplumado pareció aprovechar la situación y arengar al resto a imitarlo, pues tímidamente comenzaron a piar. Uno a uno fueron sumándose, hasta que el canto se convirtió en un ruido ensordecedor. Olga se paró frente a las jaulas y, en actitud amenazante, los enfrentó con la manguera.

-No te atrevas… -susurró Gladys.

Aquello se había convertido en una contienda. El aire estaba cargado. Olga blandía el cilindro de goma como un fusil de guerra dispuesta a todo. Sin embargo, su madre no se quedaba atrás. Sus ojos vigilantes y la tensión de todo su cuerpo recordaban a una mamba a punto de atacar.

Entonces apareció Gregorio, el padre, cargando una bandeja con el termo, el mate y los bizcochitos de grasa del domingo y atravesó el fuego cruzado. Olga pensó en definir la situación de una vez y para siempre, pero al ver que su madre había perdido el interés y seguía los pasos de su marido como hipnotizada, revoleó el delantal sobre la jaula del canario naranja, restableciendo la calma.

Ya tendría su merecido desquite, era tan sólo cuestión de tiempo.



lunes, 23 de agosto de 2021

Ritual (ejercicio sobre poema de Jacques Prévert)

 Echó té

en la taza

Agregó leche                                                                                            

en la taza de té

Después sumó el azúcar

y puso el pan

a tostar

Bebió varios sorbos

Tomó la miel

y roció el pan

Masticó con placer

y una vez más…

Echó té

en la taza

Agregó leche

en la taza de té

Después sumó el azúcar

y volvió a beber

Roció con la miel

otra rebanada de pan

Mirando sin ver

Percibió el cigarrillo

que la obligó a atender

Encendió el extractor

para proteger el ritual

Bebió el resto de la taza

y entonces decidió

Con dos rebanadas

está más que bien

Fue ahí que la lluvia

la hizo llorar


jueves, 19 de agosto de 2021

El broche muerde la soga de la ropa (poema)

 El broche muerde la soga de la ropa

porque tiene hambre de hilachas.

Hambre, mucha hambre.

Y al morder, más y más destroza,

más y más avanza.

La ropa teme su cercanía desmesurada

y trata de ahuyentarlo, pero falla.

En el intento se desgarra, hecha girones,

mientras el broche ríe sin parar.

Lo ha logrado una vez más,

en el camino queda un tendal.

La ropa casi muerta, agonizante, clama a gritos,

aunque ya nadie la escucha.

Irá directo al cesto de basura o, con suerte,

como trapo al lavadero.

Eventualmente le llegará el desquite,

aún hay broches aferrados a la soga.

Los que se resquebrajarán al sol,

o serán oxidados por la lluvia.

Momento sublime de la justa venganza.

Entonces, y sólo entonces,

se equilibra la balanza.

sábado, 28 de marzo de 2020

Mindfulness (relato)

Su cabeza estaba repleta de pensamientos. Pensamientos sobre la pérdida de valores, pensamientos sobre el cambio climático, pensamientos sobre la violencia de género, pensamientos sobre las revueltas sociales, pensamientos sobre la intolerancia religiosa, pensamientos sobre la falta de recursos naturales, pensamientos sobre el monopolio, pensamientos sobre el intervencionismo en las tendencias…
Llevaba tanto tiempo pensando que se sentía de otro siglo. No recordaba haber dejado de pensar ni un solo día. Aunque también pensaba acerca de cosas más cotidianas…
Pensaba cómo desempeñar mejor su trabajo, pensaba cómo ser un marido más atento, pensaba cómo convertirse en un padre más amoroso, pensaba cómo actuar de modo más solidario.
Hasta que se dio cuenta de que llevaba una gran carga sobre los hombros. Su capacidad casi infinita de pensar y repensar cada situación, por más pequeña o efímera que fuera, le había otorgado el apodo de Mister Encyclopaedia, algo que le había sacado una sonrisa al principio pero que deseaba desterrar de la memoria colectiva en la actualidad.
Por lo que, decidido a darle un giro de 180 grados a su existencia, se propuso darle rienda suelta a la espontaneidad y desembarazarse de tanta reflexión y análisis. Grande fue su sorpresa al pasar por una vidriera y observarse en el espejo que allí había: su cabeza había recobrado su aspecto normal. Y se dispuso, entonces, a vivir la vida.

miércoles, 30 de octubre de 2019

Sunshine (microrrelato a prueba del clima)

Otra tarde gris. Ella miraba por la ventana de la oficina y sólo veía monotonía. “Con lo lindo que es el sol…”, se escuchó balbucear. Últimamente brillaba por su ausencia. ¡Qué gracioso, le pareció un juego de palabras! O un juego de imágenes, mejor. Un juego de imágenes en el que el sol brillaba por su ausencia. “¿Cómo brilla un sol ausente?”, dijo. Dibujó un sol bien amarillo, resplandeciente, y después dio vuelta la hoja. Claro, así no brillaba. Entonces espió del otro lado y lo vio.

Volteó la hoja una y otra vez para convencerse de que allí estaba. ¿Cómo hacer para que no se fuera, para que volviera? Ella no tenía poder sobre el cielo, que lloraría su carga nubosa cuando llegara el momento. ¡Era tan poco lo que podía hacer desde este lado de la ventana, que le devolvía sólo monotonía! Gris, opaca, deslucida, otoñal monotonía. Ahí fue cuando se dio cuenta.

Tomó la hoja de papel y la cinta adhesiva con decisión…

Así estaba mejor, mucho mejor.

El sol volvió a brillar en la ventana. 

jueves, 24 de mayo de 2018

La vida misma (poema breve, o a la manera de...)

Puertas que abren, puertas que cierran. Puertas que limitan, puertas que invitan. Puertas viejas, puertas nuevas. Puertas altas, puertas bajas. Puertas angostas, puertas anchas. Puertas macizas, puertas enchapadas. Puertas robustas, puertas livianas. Puertas de madera, puertas de metal. Puertas infranqueables, puertas amistosas. Puertas variopintas, puertas uniformes. Puertas transparentes, puertas opacas. Puertas que embelesan, puertas que rechazan. Puertas infames, puertas leales. Puertas memorables, puertas olvidables. Puertas plegadizas, puertas corredizas. Puertas luminosas, puertas opresivas. Puertas contundentes, puertas reemplazables. Puertas invisibles, puertas inviolables. Puertas decoradas, puertas austeras. Puertas impecables, puertas demacradas. Puertas anodinas, puertas mágicas. Puertas salvadoras, puertas vengativas. Puertas con historia, puertas sin pasado. Puertas que armonizan, puertas que no encajan. Puertas para transponer, puertas para respetar.

Puertas y más puertas. Muchos tipos de puertas. Hay todo un universo en las puertas. 

(Texto surgido de un taller literario reciente organizado por la UNTREF.)

martes, 28 de noviembre de 2017

Paralelas (cuento)

Era tarde cuando llegó al bar, llovía. Buscó con la mirada entre las mesas vacías y no lo encontró. Aliviada pensó en irse pero sabía que estaba en falta así que cambió de idea y se ubicó al fondo, la perspectiva privilegiada le permitía observar sin ser observada. Mientras dejaba correr el tiempo quiso entender. ¿La aliviaba que se hubiera cansado de esperarla o que a él también se le hubiera hecho tarde…? No estaba preparada para el acertijo e intentó contrarrestar el escurridizo sentimiento de culpa con la segunda posibilidad, ¿qué excusa le daría, en ese caso, que le asignaron una tarea de último momento? El colectivo o el subte no podrían ser su escudo, el bar había sido sorteado por la cercanía con ambas oficinas. Sin embargo, el chaparrón sería un buen recurso como responsable del atraso; incluso permitía disimular otro tipo de contingencia: el vaivén espiritual previo al encuentro. En todo eso pensaba ella con la vista clavada en el vidrio biselado, sabiendo de antemano que idéntico análisis podría hacer él si estuviera sentado en su lugar. Aunque bien podía haberlo hecho poco antes, próximo a cansarse de esperarla.
La mujer se despegó el pelo humedecido de la cara frente al pequeño espejo de cartera, el paraguas rescatado a último momento de la oficina se le había dado vuelta a dos cuadras y le resultó imposible huir del flagelo de la lluvia. Esa mañana no había pronóstico de tormenta por lo que las botas y el piloto nuevos quedaron en la bolsa. Las marquesinas de los locales la habían protegido un poco pero los pies los tenía empapados. ¡Qué ganas de darse un baño caliente y tomar algo amigable que le devolviera el alma al cuerpo! Pero su mandato familiar era más fuerte, dejar a alguien de plantón era de mala entraña; por eso estaba ahí a pesar del mal tiempo, a pesar del energúmeno de su jefe, a pesar de tantos “apesares”. Como había sido siempre, desde que tenía memoria. Sin embargo, ese no era el momento de ponerse a revisarlos, ya tendría tiempo durante el fin de semana. Quizás hubiera llegado la hora de darles la oportunidad a los demás de considerar, siquiera por una vez, las necesidades de ella. “¡Qué mechas, parezco un león!”, pensó mirando su reflejo e hizo una mueca resignada.
El mozo la miró con cara de pocos amigos. “En este día de mierda me tocó una loca”, masculló con fastidio, el reloj señalaba las 7 PM. La semioscuridad se cernía sobre la vereda y más allá, las tímidas luces del alumbrado no alcanzaban a mitigarla. “¿Ya decidió? En media hora cerramos”, le dijo sin haber consultado al encargado, aunque no era necesario, la única mesa ocupada era la de la mujer. Ella ensayó una sonrisa mientras él se colgaba el trapo rejilla al hombro en claro signo de hastío. “Un café, por favor, bien caliente, estoy muerta de frío”. “¡Che, un café! ¿No te digo que hay que cerrar más temprano?”, vociferó el hombre. Con las manos en los bolsillos de la chaqueta se asomó a la vereda y escupió. ¿Quién de los dos había elegido ese bar de mala muerte?, se preguntó la mujer. Si hubiera sabido que era así de desangelado habría cancelado el encuentro. ¡Jamás lo hubiera recomendado en el caso de una separación, si daban ganas de suicidarse en el baño de lo ramplón que era! La sensación de haber tomado una de las peores decisiones de los últimos tiempos comenzó a ganar terreno en su ánimo. Escapaba a su entendimiento por qué había debido llegar a tal situación para intentar resolver el único y excluyente tema respecto del cual giraba toda su vida por esa época: las relaciones de pareja. Pasajeras, cama afuera, como amante, no relaciones, divorcio contradictorio, había pasado por todas. ¿Resultado? Con más de 40 años seguía en la búsqueda, aun cuando no había descubierto qué era lo que buscaba.
El mozo la observaba desde la puerta mientras fumaba un cigarrillo y al girar la cabeza se topó con el cabezazo del encargado, que le señalaba el pocillo humeante junto al vasito con soda. “¡Queca, se lo voy a tener que llevar!”, dijo y la expresión avivó imágenes de su escuela secundaria, ¿por qué había perdido contacto con todos sus compañeros? Si a otros les había dado resultado, él debería ser menos reticente y ver de qué se trataba eso del Facebook. A la noche le pediría a su hijo que se lo explicara otra vez. De nada valía negarse al avance de la tecnología, había llegado para quedarse, y dado que la esperanza de vida iba en aumento día a día, se hacía indispensable amigarse con ella pues el futuro pertenecería a los que hubieran elegido permanecer dentro del sistema. Aunque lo viviera como algo cruel era un hecho irrebatible, pensó desganado el hombre. Dio las últimas pitadas intentando prolongar aquel anestesiado arrebato juvenil y juntó coraje para encarar la última tarea de la tarde. Sin embargo se demoró aún algo más y la radiografió de pies a cabeza, todavía estaba buena. Un poco flaca para su gusto pero tenía buenas tetas.
La mujer miraba el celular. Nada. ¿Habían intercambiado números cuando chatearon? “Al final, ¿querés o no estar sola?”, se dijo en el espejo. ¿Qué hacía en un sitio deprimente, un viernes tormentoso a la salida de la oficina, esperando a un desconocido del que ni siquiera tenía su número de teléfono? Ella, tan obsesiva, meticulosa, aplicada, precavida, ¡qué pelotuda! De pronto recordó la foto de él en la página y la cara le resultó vagamente familiar. ¿De algún trabajo anterior, del club, de la escuela tal vez…? Del barrio seguro que no, no sabía por qué pero lo descartó. Su mirada se deslizó de las 7,25 PM del reloj de pared al pocillo que ya no humeaba y sintió rechazo. Se acordó del trapo sucio en el hombro del mozo, del escupitajo y de lo triste que sería ese baño para suicidarse. Habían quedado de acuerdo para una hora antes, ya era tiempo de hacer mutis por el foro aunque no fuera una obra de teatro.
“Disculpe pero no voy a tomar el café. Los pies mojados me dieron dolor de estómago”, murmuró. El mozo, a punto de cargar la bandeja, la fulminó con la mirada y recolocó el trapo con violencia en el hombro en el momento que el encargado se asomaba por encima del mostrador. “No se preocupe, José dejó que se helara así que hay que tirarlo”. Ambos hombres cruzaron miradas en tono de reproche, cada uno con el propio. La mujer se puso el blazer (¡cómo extrañaba sus botas de lluvia y su piloto nuevos!), se colgó la cartera en bandolera y se dirigió a la entrada. “Se dejó el paraguas”, le dijo el encargado sonriendo. ¡Pobre, quería contrarrestar tanta tristeza! “Está roto, ¡y gracias por todo!”.
El mozo comenzó a bajar la cortina metálica detrás de la mujer, había dejado de llover. Parada junto al cordón observaba el telón: chica abandonada por chico en bar de mala muerte tras caer la tarde un viernes tormentoso y dan ganas de suicidarse en el baño… ¡Y dale con el suicidio! Lo cierto es que había sido un año muy largo, no sólo ese día, pero faltaba poco para su cumpleaños y ya presentía el desquite.
La cortina quedó a mitad de camino pues por el otro lado se acercaba lentamente un hombre que observaba con insistencia a la mujer. Ella había acertado: le habían asignado una tarea de último momento aunque no pensaba disculparse, era evidente que ni siquiera lo tenía incorporado en un ángulo de un vago recuerdo, ¿por qué lo haría? ¡En cambio cómo olvidarla! La más linda del colegio… Con ese pelo largo castaño que en verano se volvía rubio, aunque ahora se le había oscurecido. ¡Cuánta amargura había tragado por su culpa entonces! La amó locamente durante los cinco años de la secundaria sin que ella notara su existencia y pese a sus dos matrimonios no se le había ido de la cabeza. Por eso tuvo que buscarla, porque tenía que deshacerse de esa espina que lo torturaba hacía demasiado. Podría haber hablado con su jefe y llegar a tiempo a la cita pero no había querido. ¿Temor? Quizás, a ser ignorado otra vez. Ella seguía igual, tal vez más flaca pero con curvas, como a él le gustaban. En cambio, él había perdido muchos kilos y se había operado de la miopía, lo que lo había vuelto irreconocible además de atractivo. “¿Será por eso…?”, pensó con el alma apenas iluminada.
“Por acá no pasan taxis, te conviene ir hasta la avenida, a dos cuadras…”, dijo él como para iniciar una conversación. Ella hizo foco, ¿quién le hablaba? Ah, el hombre de la vereda. Desde el bar no se perdían gesto de los actores ad hoc. ¿Qué avenida, dónde estaba? Entonces se acordó: el bar olvidado de Dios, el del mozo con el trapo sucio y el escupitajo, el del suicidio en el baño maloliente. “Gracias. La verdad es que no sé qué hago acá”, respondió la mujer al borde del estallido mientras se dirigía a la arteria salvadora. ¿Dos cuadras a la derecha o a la izquierda? No le había dicho. “Otra vez no quisiste verme”, dijo él y se alejó por el mismo lado por el que había llegado. Ella frenó en seco, creyendo haber oído lo que oyó, y reemprendió la caminata.

(Presentado en la sede de Baradero, San Pedro, de la Sociedad Argentina de Escritores, SADE, con motivo de la XV Edición del Concurso Nacional de Cuento y Poesía Escritor Alfredo Cossi)

jueves, 16 de noviembre de 2017

In memoriam (microrrelato)

Villa María vio la luz en 1867 y su nombre se debería o bien a la Virgen María, patrona de la ciudad, o bien a María Luisa, hija mayor de don Manuel Anselmo Ocampo, terrateniente que donó las tierras y abuelo paterno de Victoria y Silvina Ocampo, las eximias escritoras. Tal cosa significa que cumple 150 años el próximo 27 de septiembre, fecha convenida por los vecinos pues no hay registro de la fundación… Wikipedia dixit
Ahora bien, ¿qué ocurriría si aquellas hermanas literatas estuvieran presentes para la ocasión? YouTube compartiría los hechos. Las mostraría recorriendo los logros de la villa: la Escuela Superior Integral de Lechería, la medioteca y biblioteca, la tecnoteca, el Centro Cultural Comunitario Leonardo Favio, la costanera de 16 kilómetros con imponente anfiteatro y el puente colgante Juan Domingo Perón, único en su tipo en Latinoamérica.
Aunque Victoria contaría con 127 años y Silvina con 113, por lo que sería necesario apelar a informática y robótica para verlas pasear en 3D en una pantalla o equipadas con inteligencia artificial junto a nosotros, burlándose de la esperanza de vida.
Pero sospecho que no querrían ser recordadas de ese modo.
Ni siquiera a causa de “abu Anselmo”…

(Presentado en la sede de Villa María, Córdoba, de la Sociedad Argentina de Escritores, SADE, con motivo del concurso por los 150 años de la fundación de la ciudad.)

miércoles, 26 de julio de 2017

Aquellos zapatitos de charol (rimas, o casi...)



Cuando eran chicas no sabían qué sería de sus vidas. Llevaban el pelo largo, se lo cepillaban frente al espejo y jugaban como cualquier otra nena con las muñecas. También jugaban a tomar el té y se ponían algún sombrero viejo además de los zapatos de taco alto de la abuela. Nada hacía suponer que lucharían contra vientos endemoniados y amarrarían, en medio del océano, velas.
Ni siquiera el padre de la chiquita rubia de ojos tímidos imaginó que su hija cumpliría su propio sueño. Porque él fantaseó una y mil veces con una vida plagada de aventuras, a pesar de lo cual aquello quedó demorado en el tablero..., en el mismo que diseña embarcaciones náuticas para otros dueños.
De allí que los cotidianos y compartidos juegos de infancia mutaron y el globo terráqueo ya no tuvo secretos. El mundo imaginario amplió sus horizontes y excedió el cuarto, el patio, el jardín. Las fronteras geográficas se disiparon y en su lugar millas marítimas aparecieron. Ellas tenían un único objetivo que abrigaban en sus corazones, en sus almas, en sus férreas mentes: ir por más, siempre. No habría monstruo marino que las detuviera. Ni el amo del viento podría con su perseverancia, disciplinadas como eran.
Cada vez que cruzaban una mirada confirmaban su determinación; ese fuego sagrado que sólo unos pocos tienen, los elegidos, sería puesto a prueba, con la esperanza de evitar el revés en cada ocasión. Sin embargo, nada las emocionaba tanto como probarse y probar que habían optado por el sendero correcto. Tenían en claro que no sería tarea sencilla: si es que deseaban llegar realmente lejos, deberían perseverar sin defecto.
En casa ya les habían avisado: nada en esta vida se consigue sin sacrificio. Lo que no les habían dicho es que tal cosa abarcaría no sólo la alimentación y la actividad física, sino el descanso, el esparcimiento e incluso los vínculos. ¿Estaban preparadas para tamaño desafío? No al inicio, fue un trabajo arduo que demandó de la voluntad un entrenamiento sostenido. Porque los objetivos de alto vuelo, digamos, rehúyen espíritus esquivos.
Y así como fueron nenas como cualquier otra, también fueron adolescentes como el resto, que transitaron los zarandeos del ambivalente período, para convertirse poco después en dos hermosas jóvenes llenas de proyectos.
La vida les regaló amaneceres y atardeceres, destinos conocidos y no tanto; agua salada, vientos, olas, mareas; pájaros y delfines, islotes y palmeras... Y aunque pareciera estar en deuda con ellas pues todo lleva la misma estela, quizás sean ellas las que le deban. Tal vez las haya recompensado de una manera tan vasta y anticipada que sólo tengan palabras a medias. También les dio cintas, moños y aplausos, mas no a cualquiera, pues sabe de su temple y capacidad de entrega.
Tras haber cabalgado mares y océanos de esta inabarcable Tierra, aunque inagotable sólo en apariencia, se preguntaron qué les quedaba por hacer. La respuesta no se hizo esperar: “Más mares y océanos”, dijo el padre de aquella nena. Es así que cada día, al despertar, una nueva sorpresa las espera del otro lado de la puerta. Jamás se sintieron invadidas por la rutina, lo que a algunos mortales les ocurre con demasiada frecuencia; nunca creyeron tampoco que ya habían dado todo, cosa que otros creen sin haber intentado la décima parte siquiera.
Las largas pestañas sedosas que enmarcan sus curiosos ojos siempre barrieron del horizonte humo, polvo, lluvia, pero también la decepción, la soledad, la tristeza. Porque no siempre estuvieron contentas, a veces flaquearon, pues son humanas, sensibles... además de guerreras. Cuando alguna nube negra aparece en su firmamento, ellas barrenan la arena, surfean las crestas, invaden la playa con sus tambores de guerra. Ni el más osado de los dioses del Olimpo se atreve a bajar a ver qué ocurre pues bien que lo saben, llegaron ellas.
Las valquirias esperan del sol un guiño, entonces otean el horizonte, consultan brújula, cartas náuticas y parten rumbo a la aventura en tanto despliegan las velas. Adelante se agolpan las millas, salpicadas de sal marina y vientos que arrecian.
Algo las espera, las busca, las convoca, por eso corren a su encuentro desde que tienen conciencia. Es el sabor que se les incrustó en el paladar y la lengua el día que pisaron un velero por vez primera. El sabor de la libertad con mayúscula. La Libertad de abrir los brazos y contener en una mágica fracción de segundo a la Vía Láctea entera. De allí que sean valquirias, mujeres guerreras, chicas superpoderosas que no se detienen ante las inclemencias.
Cuando hallan un recreo entre tanta actividad se detienen y piensan. ¿Qué habría ocurrido si otros anhelos hubieran clamado presencia? ¿Si madre alguna hubiera querido una hija bailarina...? O bailaora. Con chales, peinetas, castañuelas, tacones y vestidos con cola.
Eso les provoca un acceso de risa, no logran imaginarse entre lunares y revoleando polleras. Más difícil aún ver en sus pies zapatos charolados en lugar de zapatillas y medias. Es justo allí que agradecen a sus familias el apoyo presente en cada vuelta y festejan, inverosímil de toda inverosimilitud, la ocurrencia.
Al llegar el momento, Morfeo custodia los sueños de futuras empresas, cuyo mapa está impreso en cada una de sus células. Imposible equivocar el rumbo con trayecto tan certero. El destino ha de ocuparse de guiar los instrumentos para que sea preciso el arribo a cada puerto.
Y en noches de luna llena fijan la vista en las estrellas, telescopio a derecha y catalejo a izquierda, poniendo especial atención en aquellas viejas promesas. Entonces, sin pérdida de tiempo, levan ancla para que el despuntar del día las encuentre entre las primeras. Grande es la sorpresa del resto de los mortales al ver a las heroínas plantando bandera...
Es que aún no lo saben o no quieren saberlo: en el fondo de sus almas ellas llevan la delantera.

domingo, 14 de agosto de 2016

El país de las tierras altas (cuento infantil)

Una mañana, Rombín y Triangulín decidieron conocer qué había más allá de su mundo, su bella Geometría ya no les alcanzaba. Nadie pudo convencerlos de que en ningún lugar estarían mejor que allí y comenzaron a andar. Era la primera vez que salían solos de viaje.
Poco a poco, el camino se fue haciendo más empinado y como los amiguitos no estaban acostumbrados al ejercicio se cansaron con mucha rapidez. Entonces decidieron tomarse un recreo para recuperar fuerzas.
Era tal su cansancio que se quedaron dormidos y no percibieron el paso del tiempo. Al despertar, un vacío en el estómago les indicó que hacía demasiado que no comían y retomaron la caminata con pasitos cortos y rápidos.
-Estoy seguro de que vamos a llegar a un lindo lugar, ya vas a ver -dijo Rombín al ver que su amigo comenzaba a flaquear.
Y no se equivocó. Al llegar a la cima de la pendiente descubrieron un mundo fantástico: piedras enormes, árboles muy altos, charcos de agua… ¡Y el cielo! Porque los amiguitos eran de lata, latín y latón al igual que todo su mundo. Habían salido, por fin, de su amada Geometría.
-¡¡Era verdad lo que me contó el abuelo!! -Triangulín curioso se dispuso a escuchar con el oído bien atento.
-El abuelo Romboide viajó mucho y conoció gente de lo más rara. Con plumas, con alas, con la casa a cuestas, con patas.
-¿Y de qué mundo son? -preguntó Triangulín sin comprender.
-De un mundo muy diferente del nuestro. Del mundo de las tierras altas -respondió Rombín.
Maravillados descubrieron que la luz del sol había desaparecido y el cielo, de un azul intenso, estaba cubierto de estrellas. Sus ojos iban de un punto luminoso a otro sin poder creer aquello que veían. Rombín buscó una gran piedra para poder cobijarse pues recordaba de un libro de su abuelo que el rocío no era bueno para la salud. Pero los pequeños sintieron curiosidad y antes bebieron un sorbo de agua.
-Puaj, esto es muy distinto del aceite que tomo en casa -dijo Triangulín.
-Sí, es horrible. Tené cuidado que te podés oxidar -agregó Rombín.
Y con la luna cuidando sus sueños, cerraron sus ojos cansados hasta el día siguiente.

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Al despertar, alguien desconocido los observaba, no era de su ciudad natal. Era picudo, emplumado y zancudo.
-Oia, ¿y vos quién vendrías a ser? -dijo Rombín sorprendido y temeroso a la vez.
-Eso, ¡quién! -insistió Triangulín, escondiéndose detrás.
El desconocido puso cara de pocos amigos.
-Así que las latas hablan nomás -remató Pajarín muy molesto.
-¿¿Latas nosotros?? ¿¿Y vos te miraste en un espejo, plumero volador?? -Rombín se envalentonó de repente. -Decime, en donde vos vivís, ¿hay alguien con quien podamos hablar?
A esas alturas, Pajarín tenía todas las plumas paradas. Veloz como un rayo se alejó volando lo más rápido que pudo.
Triangulín se largó a llorar con todas sus fuerzas y Rombín se sintió culpable porque él había tenido la idea de abandonar Geometría. Entonces se trepó a un pequeño árbol con bastante dificultad, no estaba acostumbrado pues en su mundo no existían, y miró a lo lejos haciendo visera con la mano. El sol estaba muy alto, su cuerpo había comenzado a tomar temperatura y debían apurarse.
-Vamos, dejá de hacer pucheros. Tenemos todo un mundo por descubrir.
Rombín retomó la caminata apresurado pero Triangulín estaba indeciso. Hasta que su amigo se alejó tanto que sólo cabía en su pequeño dedo de alambre y comenzó a correr detrás.

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Después de subir y bajar varias lomas, de girar a la izquierda y a la derecha muchas veces, los amiguitos llegaron, finalmente, a un mundo nuevo. Nuevo para ellos, claro, aunque no necesitaron abordar un barco y cruzar el océano.  
Triangulín observaba fijamente a la tortuga y el caracol con sus dos ojos redondos como botones de plata saltándosele de la cara. El cangrejo estaba metido en el fondo de un tronco hueco para evitar que atacara, todos temían que usara sus poderosas pinzas. Rombín intentaba recordar las historias que su abuelo Romboide le contaba.
-¿Alguien conoce a estos latosos? -dijo la tortuga apenas asomada a su caparazón.
-Mirá, querida, siempre cae alguno que anda medio desorientado, me parece que se escaparon de una fiesta de disfraces -agregó el caracol haciéndose el gracioso.
-Eso, de una fiesta de disfraces -repitió el cangrejo desde el fondo del tronco hueco.
-Che, más respeto que ustedes llevan la casa encima. Qué pasó, ¿los echaron? -remató Rombín guiñándole un ojo a Triangulín.
-Oia, parece que éste es el payaso del grupo. Fijate cómo me río.
El caracol empujó una pequeña piedra que contenía hierro y el pobre Rombín quedó pegado a ella. Triangulín estaba tan asustado que se paralizó. Justo en ese momento, algo en el cielo ocultó el sol. Al mirar hacia arriba descubrieron a Oma, la paloma.
-¿No les da vergüenza tratar así a las visitas? -dijo con severidad.
El caracol y la tortuga se hicieron los distraídos mientras el cangrejo se tapó con las pinzas para esconderse. No le gustaba que Oma lo retara. Rombín logró despegarse de la piedra y agradeció al ave.
-Si no fuera por usted, señora voladora, no sé qué habría sido de mí.
-No fue nada. Acompáñenme, por favor, quiero presentarles a alguien que responderá todas sus preguntas.
Los amiguitos se tomaron de la mano y, sin perder tiempo, siguieron a Oma.

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En una vuelta del camino apareció un gran charco cubierto de plantas flotantes llenas de flores. Su perfume invadía el aire. Rombín y Triangulín se sorprendieron del olor dulzón, tan distinto del aceite para máquinas, pero les resultó agradable.
Un sonido lejano atrapó la atención de los amigos, era el croar de una rana. A medida que se acercaba, su curiosidad iba en aumento. Hasta que hizo su aparición sobre un camalote.
-Voilá! Me llamo René -dijo.
-Hola, señora René, venimos de muy lejos y no sabemos dónde estamos. ¿Usted podría decirnos, por favor? -Rombín recordaba que, ante todo, había que ser educado.
-Estamos en Parquelandia y para su información soy un señor. ¿Ustedes de dónde vienen, pequeñín?
-Nosotros somos de Geometría y salimos ayer a la mañana a conocer el mundo. Estamos muy cansados y muy hambrientos… -Rombín estaba al límite de sus fuerzas.
René hizo unos extraños movimientos con la cabeza en la que llevaba una corona y unos platillos exquisitos aparecieron ante los ojos asombrados de Rombín y Triangulín. Había arandelas, tuercas, tornillos, clavos y una jarra del mejor aceite.
Cuando los visitantes de Geometría estuvieron satisfechos y recuperaron la energía perdida, Triangulín, que ya había perdido el miedo, se atrevió a hablar.
-Señor René, ¿de dónde salió todo esto? Porque ustedes no comen estas cosas, ¿verdad?
-Nosotros no pero alguien que ustedes conocen sí. El nos dejó todo esto en caso de que su nieto resolviera visitarnos -dijo Oma con orgullo.
-¿¿Fue mi abuelo Romboide?? -el corazón de Rombín estaba desbocado.
Los dueños de casa sonrieron como respuesta y una lágrima de aceite rodó por la mejilla de lata, latín y latón del pequeño.
-Su excelencia, si le parece, yo podría acompañarlos a recorrer el reino para que sepan por qué nuestro querido amigo venía tan seguido  -dijo la paloma y Rombín y Triangulín hicieron de inmediato una reverencia.
-No es necesario, me hacen reír. Romboide no exageró para nada con respecto a ustedes. Sí, mi querida Oma, me parece una excelente idea. Mientras tanto voy a seguir trabajando, un rey tiene mucho que hacer.
La rana se alejó en el camalote, arrastrado por pececitos que lo cargaban sobre sus lomos (parecía una carroza), mientras los habitantes de Geometría observaban la escena con la boca abierta.

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-Síganme, por favor -la paloma se sentía una verdadera guía de turismo. -Acá, a nuestra derecha, vemos la escuela para Principiantes, a la que concurren todos los animales pequeños de Parquelandia, caminen, naden o vuelen, sin distinción. El rey René, con su gran sabiduría, nos enseñó que somos todos iguales.
En el charco se formaba una pileta de poca profundidad. Allí, ranas, sapos, tortugas, caracoles, peces y aves escuchaban inmóviles a Pajarín, el maestro, quien les transmitía conocimientos básicos de natación. Unos sapos ancianos vigilaban con atención a los cangrejos.
-¡Mirá, es el pajarraco! -gritó Triangulín sin pensar. Rombín le dio un codazo y sonó como dos tapas de cacerola chocando entre sí.
-Perdón, señora voladora, mi amigo es algo bocón a veces -y miró muy enojado a Triangulín, quien se puso todo colorado pues le había subido la temperatura de la vergüenza.
Un poco más adelante se encontraron con la escuela de Avanzados. Allí, el charco se volvía más profundo y las clases de buceo estaban a cargo de un hermoso pez carpa naranja llamado Ferdinand, quien se tomaba muy a pecho su trabajo. Los más arriesgados no se conformaban con llegar simplemente al fondo, sino que trataban de recoger piedras y hojas con sus bocas o sus patas delanteras para recibir el reconocimiento del maestro.
Unos metros más adelante, detrás de algunos árboles, se veía ascender una columna de humo blanco. Los visitantes de Geometría la observaron extrañados.
-Ese es el consejo de ancianos. Los más sabios del reino se reúnen con nuestro rey para tomar las decisiones importantes.
-¿Podemos ir a ver? -preguntó Triangulín con timidez.
-Lamento informarles que eso no es posible. Son asuntos de gobierno. Vamos, aún les queda mucho por conocer.

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No cabían dudas de que Parquelandia era un reino muy interesante: había gran variedad de árboles y plantas, rocas muy coloridas, a cualquier sitio que se mirara, algo llamaba la atención. Geometría, en cambio, era todo gris, brillante, sí, pero gris. El nuevo mundo impresionaba más y más a los amiguitos de metal. Oma se paró delante de una cueva, adentro había sólo oscuridad, no se escuchaban sonidos.
-Los invito a conocer playa Batracius, no se la pueden perder  -la paloma entró decidida y desapareció pero Rombín y Triangulín no se animaban a dar un paso. -¡Pequeños, no tengo todo el día, los estoy esperando!
Los amiguitos se tomaron de la mano y avanzaron temblorosos hasta que su vista se acostumbró al interior de la montaña. Allí descubrieron formas extrañas que salían del piso, de las paredes, del techo. De pronto escucharon una voz conocida.
-Esas puntas que salen del piso se llaman estalagmitas y las que vienen del techo son las estalactitas, se forman por el agua. ¿A que en su ciudad no vieron nada igual? -dijo Oma inflando el pecho con vanidad. Triangulín se puso a pensar con rapidez, esa paloma era demasiado presumida.
-No, señora, no tenemos piedras como éstas, pero cuando la banda Los latosos hace un recital, ¡toda Geometría se detiene a escucharlos hasta el día siguiente! -y le guiñó un ojo a su amigo, que levantó su pulgar de alambre en señal de apoyo.
Tras subir y bajar entre piedras durante un largo rato, el cansancio comenzó a invadirlos. En su mundo no había lomas, montañas, cuevas, las superficies no eran onduladas sino rectas, sus delgadas piernas no estaban acostumbradas a trepar. El ave se dio cuenta y justo a tiempo atrapó en el aire a Triangulín, que perdió pie sobre un barranco. Al dejarlo en tierra firme les señaló con el pico hacia abajo. Una playa de arena blanca como la nieve era bañada por un lago azul como el cielo nocturno. Había cascadas por las que bajaba el agua ruidosamente. De pronto vieron a dos pequeñas ranas zambulléndose divertidas.
-¡Señoritas, vuelvan de inmediato a la clase si no quieren que se entere el rey! -dijo Oma muy severa mientras las alumnas traviesas desaparecían entre las rocas.
-¿El rey también se ocupa de los alumnos? -preguntó Rombín muy sorprendido.
-Es que son las hijas del señor René y deben dar el ejemplo… Este lugar fue descubierto por un antepasado de nuestro querido monarca, su tatarabuelo Batracius, y en su honor recibió el nombre. Muchos vienen aquí después de la escuela o de sus obligaciones como premio a su buen desempeño. Pero tenemos que volver, por ser el primer día ya han hecho bastante ejercicio.
A Rombín se lo veía preocupado, había estado todo el día muy pensativo.
-Señora voladora, ¿por qué el cangrejo está metido en un tronco? Me da mucha pena…
-En nuestro reino sólo son aceptados los cangrejos si usan sus pinzas para el bien. Candrecito, por ejemplo, a quien ustedes conocieron esta mañana, está castigado por haberse peleado en la clase de natación. Como la tortuga Amelita y el caracol Frol son sus mejores amigos, se ofrecieron para vigilarlo para que no se vuelva a equivocar. Les cuento que Amelita es la prima de la famosa tortuga Manuelita.
Pero los amiguitos no sabían de quién se trataba. ¡Cuántas cosas desconocían Rombín y Triangulín! El viaje iba a resultarles verdaderamente muy educativo.

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La mañana siguiente amaneció lluviosa por lo que todas las clases fueron suspendidas. Rombín y Triangulín no conocían la lluvia y quisieron salir pero Oma se acercó presurosa.
-¡Alto ahí! Tu abuelo debió haberte contado que el agua no es buena para los metales, ¿verdad?
-Es cierto, señora voladora, pero debemos investigar para poder llevar información a nuestro regreso.
Oma se alejó unos metros y poco después apareció con dos tréboles gigantes en forma de paraguas.
-Usen esto para protegerse y no se lo quiten por ningún motivo.
Los amiguitos partieron alegres con rumbo desconocido, aunque en Parquelandia todo estaba señalizado. La escuela de Principiantes, la escuela de Avanzados, playa Batracius y todo lo demás. Siguiendo los sabios consejos de la paloma se cubrieron para evitar el óxido, algo muy peligroso para los metales.¡Qué distinto se veía todo a través de las gotas!
-Acá hay colores, estrellas, la luna y el sol, plantas, animales, piedras, el charco de agua para nadar… En cambio, nuestra vida es siempre igual -dijo Rombín con la mirada triste.
De repente vieron a Amelita y Frol entre unos pastos altos, estaban conversando muy concentrados.
-Hay que avisarle a Oma que Candrecito ya cumplió con el castigo, necesita un poco de sol -dijo Amelita.
Ambos se dirigieron al encuentro de su amigo pero al llegar vieron a la paloma, que era tan justa como René, volcando el tronco con su peso para que Candrecito quedara libre. ¡Estaba tan contento que corrió al charco y se hundió en la arena! Sus amigos invitaron a Triangulín y Rombín a acompañarlos en la orilla para disfrutar de la fresca lluvia.

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Para fortuna de los visitantes, el día siguiente fue radiante. Todos retomaron sus actividades y Parquelandia se puso en movimiento una vez más. Los amiguitos de Geometría decidieron seguir conociendo el mundo nuevo. A lo lejos observaron unos pájaros desconocidos, que volaban como Pajarín y hacían piruetas en el aire. Era una clase de vuelo. Los padres les enseñaban a sus hijos a abandonar el nido y para ello les mostraban cómo despegar, cómo girar en el aire, cómo aterrizar.
Cuando Rombín y Triangulín estaban en lo mejor, una hembra los descubrió y de inmediato dio la voz de alarma. Todos los adultos se acercaron a sus crías para protegerlas y el encargado de la vigilancia, en un vuelo rasante, les preguntó quiénes eran.
-Perdón por haberlos asustado, somos de la ciudad de Geometría -contestó Rombín.
-Lo había olvidado, el rey René nos avisó de su llegada. Vos debés ser el nieto de Romboide, ¿verdad? Gran amigo, una lástima que se haya oxidado.
-Sí, lo extraño mucho pero por suerte me quedaron sus consejos y sus historias, así que siempre está conmigo -respondió emocionado.
-Ya sé, tengo una idea. ¿Quieren aprender a volar?
Los amiguitos se miraron felices. El vigía Arturo, que así se llamaba, sin esperar respuesta les entregó unas hojas enormes que por allí crecían que parecían orejas de elefante para que las usaran como alas.
-Si el abuelo se animó, ¡nosotros también! -dijeron a coro.
Con mucho cuidado treparon a un árbol. Los primeros intentos no resultaron bien, ambos chocaron contra el suelo varias veces haciendo mucho ruido. Sin embargo, gracias a su voluntad y la paciencia de Arturo lograron despegar. Al final del día, todos los alumnos habían superado con éxito su primera clase de vuelo.

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-¿Qué opinan de mi mundo, pequeñines? -preguntó René esa noche en la cena de bienvenida.
Rombín y Triangulín no salían de su asombro, las sorpresas se sucedían desde su llegada. No sólo habían conocido un sinfín de cosas nuevas sino que habían hecho amigos muy distintos a los de su amada Geometría pero igual de valiosos.
Antes de que pudieran responder, un grupo de músicos hizo su entrada y comenzó a tocar. Si Los latosos eran buenos, Parquecito no se quedaba atrás. Todos los instrumentos eran naturales: piedras que se entrechocaban, hojas que se frotaban o se soplaban, cañas que se agitaban. Los amiguitos comenzaron a hacer palmas para acompañar. Sus diminutos dedos de alambre hacían un sonido muy particular que el resto festejaba. Poco después se sumaron al espectáculo haciendo percusión con sus propios cuerpos. Era una fiesta que ni el mismo Romboide podía haber soñado.
Dado que el día siguiente era de descanso para todos, el rey René dio por concluida la reunión recién cuando la luna estuvo lo bastante baja.
-Quiero que sepan que las puertas de Parquelandia estarán abiertas siempre que quieran volver y por el tiempo que lo deseen -dijo sonriente el monarca. Y agregó: -Cuando decidan regresar a casa, mi fiel amigo Arturo los acompañará para hacer una invitación formal a las autoridades de Geometría para que todos los amigos de Romboide, que también son mis amigos, puedan venir a visitarnos, ¿qué les parece?
Los pequeños visitantes supieron, entonces, que un nuevo capítulo en sus vidas acababa de comenzar.